Contaminación y Covid-19 ¿Necesitamos más avisos?

Imagen de David Roumanet en Pixabay

En marzo del pasado año, el European Herat Journal, dependiente de la Universidad de Oxford, actualizó la cifra anual de muertes prematuras estimadas por contaminación del aire en el mundo. Según los nuevos y más afinados sistemas de medición, la cantidad de seres humanos muertos por la mala calidad del aire que respiramos pasa de los 4,5 millones anuales a casi 8,8 millones, casi 800.000 en Europa continental. Particularmente nocivas son las partículas en suspensión de menos de 2,5 micras (PM 2,5) -100 veces más delgadas que el grosor de un cabello humano- para que se den una idea, la micra es igual a una milésima parte de un milímetro, y de origen antropogénico en casi todos los casos, es decir producido exclusivamente por los seres humanos.

Para analizar los efectos de estas partículas en suspensión sobre la salud animal, lo que incluye a la humana, hay que distinguir entre las PM 10 (de menos de 10 micras), que pueden tener un origen natural, y las PM 2,5, cuyo origen son las emisiones humanas, principalmente de los motores diésel. Las PM 2,5 son más ligeras y permanecen en al aire más tiempo que las anteriores, causando o, cuanto menos, exacerbando varias enfermedades respiratorias, como la neumonía, la bronquitis, el asma, las alergias y las dolencias cardiovasculares.
Teniendo en cuenta que la contaminación, principalmente la de los grandes núcleos urbanos, causa millones de muertes en todo el mundo, y desencadena o empeora enfermedades de tipo respiratorio y cardiovascular… ¿Es un factor de riesgo añadido durante la actual pandemia ocasionada por el COVID-19, que también provoca efectos respiratorios y cardiovasculares graves en una parte de la población?
A tenor de varios estudios sobre el tema llevados a cabo durante esta pandemia, parece ser que sí es cierto, pero con matices.

Un estudio liderado por el estudiante doctoral Marco Travaglio y sus compañeros de la Universidad de Cambridge superpuso los niveles de dióxido de nitrógeno (NO2) y óxido de nitrógeno (NO) de más de 120 estaciones de monitoreo en Inglaterra, con las cifras sobre infecciones y muertes por coronavirus; hallando un vínculo entre la mala calidad del aire y la letalidad de COVID-19 en esas áreas. Travaglio afirmó necesitar un trabajo posterior para mostrar la causa concreta de esta correlación, pero aseguró que las condiciones de salud que causa la contaminación del aire son notablemente similares a las que aumentan la vulnerabilidad a este coronavirus.

Un trabajo similar del doctor Yaron Ogen, de la Universidad Martin Luther Halle-Wittenberg de Alemania, mapeó los niveles de NO2 en el aire y las muertes por COVID-19 a nivel regional en Italia, España, Francia y Alemania; encontrando que la exposición a largo plazo a la contaminación del aire “podría ser un contribuyente importante” a las altas tasas de mortalidad.

Otro equipo, dirigido por el doctor en Química especializado en ciencias del medioambiente, Dario Caro, de la Universidad de Aarhus en Dinamarca, analizó la correlación entre la contaminación del aire y las infecciones y muertes por coronavirus en el norte de Italia. Su equipo descubrió que las personas que viven en áreas con aire más contaminado tenían un mayor nivel de células inflamatorias de citoquinas, lo que las hacía más vulnerables al virus.

Otro estudio, más completo que los anteriores, realizado por el estudiante doctoral Xiao Wu y la profesora asistente Rachel C. Nethery, junto a la profesora de Bioestadística Francesca Dominici y otros compañeros también de la Universidad de Harvard, descubrió que pequeños aumentos en la exposición a niveles a largo plazo de partículas pequeñas en suspensión, se relacionan con un gran salto en la tasa de mortalidad por COVID-19. Cada microgramo adicional de partículas finas por metro cúbico al que las personas estuvieron expuestas a largo plazo se relacionó con un aumento del 8% en la tasa de mortalidad.
En este estudio se analizaron muertes por COVID-19 de más de 3.000 condados en los Estados Unidos (que representan el 98% de la población) hasta el 22 de abril de 2020, en la Universidad Johns Hopkins Centro de Ciencia de Sistemas e Ingeniería del Centro de Recursos para el Coronavirus.
Encontraron que un aumento de solo 1 μg /m3 de PM2,5 se asocia con un aumento del 8% en la tasa de mortalidad por COVID-19, con un intervalo de confianza del 95%, y una variabilidad positiva del 2% y negativa del 15%. Los resultados fueron estadísticamente significativos y sólidos para los análisis secundarios y de sensibilidad. Para que nuestros lectores se hagan una idea de las magnitudes de las que hablamos, un μg (microgramo) es la millonésima parte de un gramo. Es decir, un pequeño aumento en la exposición a largo plazo a PM2,5 conduce a un gran aumento en la tasa de mortalidad por COVID-19.

A pesar de las limitaciones inherentes del diseño del estudio ecológico, los resultados subrayan la importancia de seguir haciendo cumplir las regulaciones de contaminación del aire existentes para proteger la salud humana durante y después de la crisis del COVID-19. Los datos y el código de este estudio están disponibles públicamente, por lo que los análisis se pueden actualizar de forma rutinaria.
Y no solo eso, sino que también nos hace pensar que la disminución de la letalidad observada a principios de mayo, no sea por un supuesto e hipotético debilitamiento del virus, negado por los principales virólogos, o la disminución de la poco significativa carga viral de los nuevos contagiados, sino por la brutal caída de la contaminación en las principales ciudades y centros fabriles, cuyo retorno puede provocar un nuevo aumento de casos graves, con necesidad de ingresos y respiradores.

Aunque harán falta estudios a más largo plazo para caracterizar este aumento de la mortalidad por COVID-19 ocasionada por la contaminación del aire, y para depurar aún más los factores potenciales de variabilidad en el análisis, parece claro que debemos reducir drásticamente y en el menor tiempo posible nuestras emisiones de partículas en suspensión, no sólo para tratar de revertir los efectos más nocivos del calentamiento global antropogénico que sufrimos, sino también para mejorar de forma inmediata la salud a nivel mundial y paliar los efectos de la actual pandemia de coronavirus, y los de otras pandemias que sin duda nos podrían asolar en el futuro.

¿Necesitamos más avisos?

Una alternativa Verde para las pandemias

Hospital de campaña de Camp Funston en Kansas, 1918

Muchos científicos creen que el estallido de la pandemia está relacionado con la manera que la especie humana convive con la naturaleza. Y siempre ha sido así, desde que tenemos constancia, y excepto las pandemias provocadas por cambios climáticos sucedidos tras grandes erupciones volcánicas como las ocurridas en el antiguo Egipto, el ser humano ha pretendido adaptar la naturaleza para su propio beneficio con resultados catastróficos, en cambio de adaptarse a ella. Las distintas pestes bubónicas del año 542 (Plaga de Justiniano) y la de 1347 a 1353 son un buen ejemplo, pero también las que asolaron el imperio romano, la peste Antonina (165-180) y la más demoledora, la Cipriana de los años 249 al 262, dejando el imperio a merced de las invasiones bárbaras.
Europa ha sido atacada y por ende también el resto del mundo de la época, por distintos rebrotes de la misma plaga durante los siglos XVI, XVII, XVIII, hasta llegar a finales del XIX con una nueva enfermedad, la Gripe Española provocada por un virus Influenza.
Hasta finales 1892, cuando Dmitri Ivanovski describió lo que era un virus, los humanos no conocían su existencia aunque sí la manera de contagio de algunas enfermedades víricas, por lo cual la pandemia de la Gripe Española y el virus que la provocó pudieron ser estudiados para encontrar un remedio o, en cualquier caso, un método para evitar el contagio.
Se cree que el brote empezó en las estepas rusas con unos efectos relativamente benignos, y que en 1916 llegó a los EEUU aumentando su capacidad mortífera a medida que fue mutando. Este virus permaneció activo hasta 1920, ya debilitado por las últimas mutaciones y con la población inmunizada.

Los virus han existido siempre -algunos científicos creen que son una reliquia de la vida precelular- y tal como el influenza A H1N1 (Gripe Española) surgió de una mutación de gripe aviar, estos últimos años hemos visto y podido controlar otras posibles pandemias víricas, casi siempre originadas a partir de esa famosa gripe, ahora existen suficientes evidencias científicas que señalan a unos animales salvajes como portadores del actual COVID-19. No obstante, la que más afectó a un grupo de sociedades y de manera más demoledora, fue la resultante de la conquista de América por parte de los europeos (el origen de los conquistadores carece de importancia, puesto que de haber sido austríacos, franceses, etc., el resultado habría sido el mismo). En este caso la viruela y la sífilis, transportadas por los conquistadores, junto un cambio de trabajo radical (el esclavismo), provocaron la desaparición del 95% de la población amerindia, unos 40 millones de personas según Bartolomé de las Casas.
Todas esas pandemias, el hacinamiento, la interconexión masiva e intrusiva de los humanos en hábitats salvajes de otros animales, o el traspaso intraespecies de virus, tienen un denominador común, son producto de una naturaleza forzada por el ser humano, que tal como antes hemos explicado, en cambio de adaptarse a ella ha pretendido que sea ella la que se adapte a él. Pero si bien podríamos decir que esas pandemias son un aviso de algo peor por venir, quizá la famosa Gripe Española lo represente mucho mejor, por haber estallado en un momento en el que el ser humano tenía la capacidad de análisis suficiente para saber con exactitud de lo que se trataba.

En 1917 la gripe se había transformado y su mortalidad había aumentado cien veces por encima de una gripe normal, y había encontrado el mejor lugar para expandirse, los campamentos militares norteamericanos donde se entrenaban las tropas que debían ir a Europa. La concentración de literas en barracones de madera o tiendas de campaña, se había convertido en un foco de contagio inmejorable. El presidente Woodrow Wilson pidió consejo a los especialistas y al jefe de Estado Mayor, y prevaleció la opinión de este último. Las tropas norteamericanas expandieron el virus por toda Europa, y a su vuelta contaminaron el resto del mundo. Actualmente nadie sabe cuántos seres humanos fallecieron, pero se barajan cifras brutales, desde los 25 hasta más de 100 millones de personas.

Por supuesto, no es nuestra intención hacer paralelismos históricos o biológicos entre pandemias. Si los hay no son producto de nuestra imaginación sino una realidad. En 1918 había una guerra atroz y prevaleció la opinión del militar, y ahora la de los inversores y financieros. Es este un pequeño inciso que podríamos tratar como una pequeña pelea interna del mismo género humano, para decidir la mejor estrategia en su lucha contra la naturaleza.

Retomando el tema no podemos olvidar lo que podría haber terminado como pandemia, que mejor refleja esta distorsión: la Encefalopatía Espongiforme Bovina (EEB) o enfermedad de las Vacas Locas.
Aunque la humanidad ya había padecido de forma local enfermedades relacionadas con la alimentación –no en vano hemos aprendido qué es comestible a partir de prueba y error- esta fue la primera provocada por el ser humano de manera involuntaria -aunque no accidental- que traspasó fronteras de forma perniciosa y requirió una respuesta coordinada. Se adquiere al ingerir carne de animales infectados, que se infectaban con pienso fabricado parcialmente con restos de animales de las mismas especies. Se solucionó tras el sacrificio de dos millones de reses en el Reino Unido, foco de la infección.

Actualmente estamos experimentando una nueva infección, también producto del ser humano y con repercusiones todavía desconocidas. La anisakiasis, que se adquiere al ingerir pescado infectado con larvas de Anisakis o del mismo nematodo.
El Anisakis siempre ha existido de manera natural, pero en un pequeñísimo número de peces. Es un gusano parasitario en los peces. Los huevos eclosionan directamente en el mar. Los crustáceos se alimentan con las larvas y son devorados así mismo por otros peces o cefalópodos. En su interior la larva se convierte en gusano y se enquista en el intestino o los tejidos. Su ciclo se completa en el momento que el pez es devorado por un mamífero marino, donde vuelve a parasitarse, se alimenta, crece, se aparea y desova a través de las heces del mismo mamífero. Este ciclo vital tan complejo (sin mamífero marino nunca podría reproducirse), explica su poca incidencia natural; sin embargo, la explotación intensiva de los mares por parte del ser humano ha transformado su propagación. Esa pesca intensiva y su posterior comercialización conlleva la limpieza del pescado tras ser capturado, abandonando ingentes cantidades de vísceras infectadas directamente al mar. Esas vísceras se convierten en alimento para el resto de peces, que se infectan en una progresión prácticamente geométrica.

Si ustedes viajan a Brasil o Perú, o al Extremo Oriente, descubrirán cómo las distintas sociedades están interactuando de manera masiva e inconsciente con cientos de especies que antes habitaban en espacios exclusivamente vírgenes, que se alimentan de sus desechos y comparten parásitos y enfermedades con los seres humanos. Y, no solo eso, el cambio climático está transformando o cambiando los hábitos a miles de especies de insectos, gusanos y pequeños reptiles. Precisamente la gripe llegó al ser humano de esta manera. De origen aviar y asintomática en estos animales, causa graves trastornos en humanos, y ocasiona miles de muertes cada año.
¿Cuántas enfermedades habrán pasado desapercibidas?
La propia comunidad científica estima que muchas, particularmente porque poco se sabe aún de los virus, apenas se conocen los más comunes y dañinos, y se cree que la variedad y abundancia vírica es enorme tanto en tierra como en los océanos. Excepto contadas ocasiones, el ser humano ha tenido suerte. El anisakis por ejemplo no es difícil de eliminar y tampoco es letal, pero imaginemos que lo fuera y que transportara un virus que alterara los priones, tal como sucede con la enfermedad de las Vacas Locas. El resultado sería catastrófico.

Hasta ahora el ser humano ha podido sobrevivir con variada fortuna a los distintos ataques de la naturaleza provocados por él mismo, a veces con pérdidas casi inasumibles que han cambiado la manera de vivir o de relacionarnos, o que incluso han arruinado culturas aparentemente incombustibles. La peste que asoló el Imperio Romano o la misma Peste Negra, que eliminó dos tercios de las sociedades occidentales, son buenos ejemplos, y eso en un mundo en el que una pandemia podía contenerse más fácilmente, al no estar tan hiperconectado.

Actualmente estamos incidiendo directamente y sin los suficientes conocimientos sobre la naturaleza de miles de especies, extinguiendo a muchas. Si un pequeño murciélago –o un pangolín, aún no se sabe a ciencia cierta- ha puesto la humanidad patas arriba, ¿qué no podrían hacer una serie de diminutos insectos, de manera directa o indirecta? ¿Cómo puede afectar a las especies la disminución de la capa de ozono, este año debilitada en extremo en el hemisferio norte? ¿O el desmesurado y desconocido aumento de CO2 en las capas profundas de los océanos? ¿O la desaparición repentina, en un periodo extremadamente corto, de especies vegetales? ¿Qué efectos tendrá esa desaparición sobre las especies animales que residían en ellas? ¿Cómo reaccionarán y en qué medida pueden invadir nuestros espacios?

Los virus son básicos para la supervivencia de la vida en la Tierra, tanto en la generación de oxígeno del planeta -por su relación con las cianobacterias del océano, que producen la gran mayoría del oxígeno de la Tierra- y para el equilibrio del carbono en los océanos. Dado que no podemos eliminarlos por completo aun cuando dispusiéramos de un conocimiento amplio de ellos, tendremos que vivir en equilibrio con ellos tanto como sea posible. Y para ello es fundamental disponer de una red de ecosistemas sin intervención humana, que hagan de contención para la propagación de la mayoría de virus que puedan saltar de otros animales a los humanos, o que pasen de unos animales inmunizados y en simbiosis con ellos a otros que no lo están. Y aún más… el cambio climático está provocando el deshielo de zonas terrestres que llevan en hibernación miles de años, y que según supone la comunidad científica contendrán sus propias poblaciones de virus, que podrían resurgir y afectar a la vida.

Nosotros no tenemos la solución mágica e inmediata, pero podemos urgir a la sociedad para invertir nuestros recursos en encontrarla, utilizando los recursos científicos y sanitarios disponibles; además, deberíamos cambiar nuestro modelo de vida para adaptarla a la naturaleza y acotar mucho el peligro de que se nos presente a nuestras puertas una pandemia mucho peor que la que actualmente padecemos, y afecte a los humanos, a las plantas o a otros animales de los que nos alimentamos, o a las mismas bacterias que necesitamos para sobrevivir. Las incógnitas son muchas y necesitamos luz sobre ellas ya.
Recuerden que la ciencia tarda en obtener resultados, y para cosechar es necesario sembrar.

Los Plásticos, IQOXE, la Petroquímica de Tarragona y su futuro

Los humanos como usuarios del planeta consumimos sus recursos, los que el planeta crea o regenera y desgraciadamente otros que pierde permanentemente. Entre estos están los hidrocarburos, que una vez consumidos se transforman en elementos químicos que se dispersan por la natura, la cual los recicla, unos de manera inmediata o rápida y otros de manera mucho más lenta (entre cien y dos mil años). Entre estos últimos encontramos el que habitualmente denominamos plástico, aunque no tendría que ser así o se podría evitar.
Nosotros, como buenos ahorradores y gestionadores de los hidrocarburos, hemos aprendido a sacar provecho de todos sus derivados. Los gases, los disolventes, la gasolina, el gasóleo y el asfalto, son consumidos y tratados de manera que acaban desapareciendo en la naturaleza, descompuestos en otros elementos que, tal como hemos explicado, esa naturaleza puede asimilar con los años, aunque hasta que esto llega, los sufre y sale gravemente perjudicada. Pero desgraciadamente no hablamos de todos los derivados, hay uno en particular que no se disipa en forma de gases ni en otros elementos, el plástico.
Se calcula que este año 2020 el mundo consumirá más de 100 millones de barriles de petróleo al día, que es lo mismo que 5.840 millones de m³ al año, es decir 730 litros por habitante; y 500 millones de toneladas de plástico, aproximadamente 67 kilos. por habitante y año. Analicen ustedes mismos la cantidad de plástico que cada uno de nosotros consumimos diariamente, sea directa o indirectamente. Y este plástico, fuera de un miserable 9% que se recicla, se acumula día detrás día, año tras año, por todo el planeta, en el fondo del mar o en su superficie; o bien en la tierra en forma de grandes, pequeños o minúsculos trocitos que no podemos ver (de menos de 5 mm. hasta nanopartículas de menos de 0,1 micrómetros), que entran dentro de la cadena trófica de todos los animales del planeta. El problema es enorme, de unas dimensiones que no podemos valorar, puesto que la cantidad aumenta año tras año contaminando los lugares y los alimentos más impensables, como la sal que consumimos.

Esta imagen se ha creado modificando una libre disponible en la web: http://d-maps.com/carte.php?num_car=2190&lang=es. Via: Nature.com

La leche, los huevos, el pescado o cualquier tipo de carne, son portadores de nanopartículas de plástico que afectan a nuestro cuerpo. Todavía no sabemos como el plástico puede afectar nuestros cultivos, pero sí que altera la conducta de las lombrices y disminuye su número y peso, por lo cual necesariamente también tiene que afectar a la cadena de material orgánico que sirve como alimento de las plantas.
De hecho, según un trabajo de la Universidad de Newcastle, ahora mismo los seres humanos ingieren una media de 5 gramos de plástico semanalmente, el equivalente a una tarjeta de crédito. Dentro de treinta años serán 10 gramos, más de medio kilo al año.
Una de las soluciones más recurrentes e inútiles es exportar el problema al tercer mundo, que en parte ya lo ha dejado de ser. Es decir, cargar un barco con contenedores llenos de plástico y enviarlo al primer país que parece proclive a «reciclarlo», hasta ahora asiático y a partir de ahora seguramente africano, porque los asiáticos ya no lo quieren y nos están devolviendo el material sin pagar ni siquiera los gastos del transporte.
Pues no, no hacemos demasiado ni damos ningún ejemplo, cuando solo el 0,04% del Mediterráneo está protegido. En menos de 70 años ha perdido el 41% de sus mamíferos y el 34% de sus peces; el 40% de la posidonia ha desaparecido y anualmente se vierten más de 150.000 toneladas de crudo en este mar, y también más del 95% de sus residuos son plástico.
Por supuesto, el cambio climático, a pesar de ser un problema gravísimo no se puede comparar con el que tenemos enfrente, que afecta, cada vez de manera más intensa, nuestra alimentación y la de todos los animales del planeta. Sin embargo, no podemos obviar que sin petróleo no solo no habría cambio climático sino tampoco plástico.

Minutos antes de las siete de la tarde del 13 de enero, se escuchó una fuerte explosión seguida de una gran llamarada visible a muchos kilómetros de distancia, proveniente de las instalaciones de la empresa IQOXE, dedicada a la producción y almacenamiento de óxido de etileno. En su web la empresa explica con gran detalle para que sirve el óxido de etileno, y detalla que es la única empresa española que se dedica a su producción. Después de leerla entendemos que mucha de su clientela verá alterada su producción, principalmente la de detergentes, plástico y espuma de poliuretano, además de otras aplicaciones. Lo que no explica la empresa son los efectos que directamente puede producir.
Una placa de metal incandescente, de dos metros de ancho por uno de largo y aproximadamente 800 kg, voló entre dos y tres kilómetros hasta entrar por la ventana de un piso, hundir el suelo y matar al vecino de la planta inferior. Este suceso nos puede dar una idea de la intensidad de la deflagración y lo que podría haber pasado. También hay que tener en cuenta que no hacía casi viento, cosa bastante inusual en la zona. De haber pasado días antes, el fuego se habría podido extendido a otras muchas plantas de procesamiento y a los depósitos de Repsol.
A 200 metros de la planta incendiada hay una planta de procesamiento de etileno; a otros 200 y a 100 de la última, una fábrica y almacén de explosivos; a 50 una fábrica de polietilenos; a 400 una productora de propileno, y a 600 los tanques de combustible de Repsol; y entre ellas podemos encontrar fábricas de polímeros, de productos químicos, etc. Es decir, todas a una cuarta parte o menos de donde llegó la placa de metal incandescente.
Hasta ahora y en relación con este accidente hemos estado hablando de la seguridad, de la cual creemos que no hay que incidir más, porque cualquier persona con un dedo de frente puede ver que el cuadro geográfico formado por Tarragona, la Canonja, Vila-seca y Salou, es una bomba de relojería, que a pesar de la desgracia se le puede considerar afortunado.
Explicado con mucha sencillez, el etileno es un compuesto gaseoso de dos átomos de carbono y cuatro de hidrógeno, y proviene casi absolutamente de la destilación del petróleo. El óxido de etileno es simplemente la misma estructura molecular con un átomo de oxígeno, añadido mediante catalizadores.
El óxido de etileno deteriora el ADN, por lo cual es un potente cancerígeno del que vivimos rodeados, puesto que se utiliza como insecticida, fumigador de cultivos y esterilizador. También provoca alteraciones al sistema reproductivo y al respiratorio, afecta al aparato reproductor, a los riñones y a las glándulas que segregan adrenalina. Se cree que provoca abortos y mutaciones en las células germinales.

El pasado 15 de diciembre se dio por clausurado el famoso COP25, que había de servir para dar un auténtico giro a la carbonización del planeta. Desgraciadamente el único acuerdo que se firmó fue un documento de buenas intenciones, porque los principales generadores de gases invernadero se negaron a ir más allá.
¿Por qué?
Pues porque, fuera de los EEUU, que es una sociedad negacionista, el resto encontró a faltar la solidaridad de los más ricos y mostró su desconfianza producto de los anteriores incumplimientos de los países más ricos. Es decir, China, India, Rusia, Suráfrica y algunos países asiáticos han dicho que estaban de acuerdo con el mercado del carbono, siempre y cuando en el cálculo se tuviera en cuenta la justicia climática, y que un porcentaje de las transacciones se destinara para mitigar los efectos en las regiones más afectadas. Y es que hay que ser bobalicón para creerse que se quería llegar a un acuerdo, cuando los grandes protagonistas y patrocinadores del COP25 eran las empresas más contaminantes de España, con su negocio basado en la industria del carbono. Endesa, Iberdrola o la misma Volkswagen, la firma que ha estado vendiendo coches con los contadores de CO₂ trucados y la que más se niega a abandonar el gasóleo.

Si queremos que el próximo COP26, que se hará en Glasgow, tenga un mínimo de éxito, los países consumidores, esos que pretendían un acuerdo bastante ambicioso y prometen reducciones radicales, habrán de dar ejemplo y demostrar que ellos no solo lo hacen sino que están dando los pasos para desarrollar una industria alternativa y con elevada plusvalía. Curiosamente lo mismo que pidió Greta Thunberg a los gobiernos de los países ricos, que al ser quienes habían provocado el desastre, también tenían que ser los primeros a dar el paso y no excusarse tras legalismos para esquivar su responsabilidad.
Por poner un ejemplo que define el doble discurso de ciertos países, no está de más recordar que en 2017 IQOXE hizo una ampliación para aumentar el 100% de su producción, algo más de dos años antes de la explosión, precisamente cuando la UE hacía tiempo planteaba un cambio de modelo energético y cuando el presidente Obama declaró que los EEUU lo tenía que liderar. Eso demuestra la poca disposición que tienen los que más hablan y exigen, de hacer frente a sus responsabilidades y promesas.

Ahora nos encontramos a Europa abanderando la lucha contra el cambio climático y la completa descarbonización. De hecho el pasado 21 de enero el gobierno español declaró el Estado de Emergencia Climática. Eso representa que más del 85% de la energía que consumimos será renovable en el 2040, y el 100% en el 2050. Es decir, que el petróleo desaparecería de nuestras vidas al menos como combustible, por lo cual ya no se podría utilizar ningún tipo de plástico, a menos que consigamos exportar el no reciclable, cosa imposible por las leyes internacionales, ya que forzosamente se habría de eliminar quemándolo en centrales térmicas, enterrándolo o abandonándolo en el mar.
Por otro lado nos encontramos con una petroquímica, la de Tarragona, que es la más grande del sur de Europa, con serias carencias de seguridad y que, como hemos podido comprobar, básicamente sirve para producir derivados del petróleo, combustibles o para fabricar todo aquello que para el ciudadano normal es plástico, desde el PET, hasta el PVC, pasando por la espuma de Poliuretano.
Dentro de la desgracia que ha representado la explosión de la planta de IQOXE, tres muertos y ocho heridos, además de daños materiales a unos cuántos edificios de las dos ciudades más próximas, Los Pirates Verds creemos que tanto el gobierno central como el autonómico deberían aprovechar esta situación para forzar un cambio en toda la industria establecida en la zona. Y es que si IQOXE pierde la autorización para volver a producir óxido de etileno, probablemente unas cuántas empresas de la misma zona también tendrán que reconducir sus producciones por la carencia de esta materia prima. Estamos seguros que nuestros políticos, investigadores y administradores, encontrarán la manera de transformar la industria del plástico en una más respetuosa con el medio ambiente, que crearán cultivos para suplir el plástico y plantas industriales de aprovechamiento de los residuos que habremos de recuperar del mar y de la misma tierra.
Actualmente en España solo se recicla el 30% de los residuos que generamos. En este tema, como en otros muchos, estamos a la cola de Europa, pero lo peor es que tampoco estamos seguros que sea cierto. Muchas grandes superficies y envasadoras aseguran, tal como los obliga la ley, que recuperan o reciclan muchos de los envases que venden, pero tenemos la evidencia que no es verdad. Tampoco estamos seguros que las concesionarias gestionen correctamente los residuos, tal como les obligan los contratos. Hemos podido ver, tanto personalmente como por el testimonio de vecinos, como en un mercado del l’Hospitalet no se hace la recogida selectiva, lo que nos hace pensar que en la planta de recepción también se podría hacer la vista gorda, tal como no hace mucho se descubrió en Barcelona por parte de la misma concesionaria.
Los residuos resultantes del reciclaje del vidrio de Madrid, la capital de un estado que pretende ser moderno y a la vanguardia de Europa, ahora mismo se están abandonando en Aljavir en forma de grandes montañas, echando a perder espacios que podrían ser de gran riqueza ecológica. Y gran parte de los residuos generados en esta misma ciudad se están depositando, tal como se hacía a mediados del pasado siglo, en un vertedero de Alcalá de Henares, una ciudad vecina, que no solo no lo clausuran sino que lo están ampliando. En nuestro país la industria del reciclaje y la administración de la economía circular tienen mucha capacidad de crecimiento y de creación de empleo, y lo que es más, sirven para no malograr la más importante y que aún no hemos sabido aprovecharla, la del paisaje y la recuperación de la tierra, los acuíferos y el mar.
No concretamos más porque los piratas creemos en la participación ciudadana.

 

Sobre el Decreto 427/2019, del 26 de Noviembre

En vista del Decreto 427/2019, del 26 de noviembre, que modifica la normativa para poder obtener del descuento ECO en el precio de los peajes de les vías de titularidad de la Generalitat de Catalunya, Pirates Verds declara lo siguiente:

Es necesario apostar desde la administración pública y los gobiernos estatales y regionales por la movilidad sostenible. La transición hacia un nuevo paradigma, donde prime la electricidad -proveniente de fuentes renovables- es clave para reducir la emisión de gases de efecto invernadero. El cambio climático es una realidad, y políticas y medidas como las de la Generalitat, que limitan la concesión de beneficios, ayudas o subvenciones al PVP del vehículo (40.000€) y el desguace de un coche de más de 10 años, son la mayor traba que la tan necesaria transición necesita.

No es cuestión de poder adquisitivo sino de ecologismo, lógica y mercado. Hoy por hoy, los únicos vehículos eléctricos que efectivamente pueden sustituir fehacientemente a los de combustión interna parten de un precio de media superior a los 35.000€, lo que limita la renovación de la flota a las clases bajas y medias. Es por ello, que si los pocos incentivos y ayudas que existen siempre están condicionados a un precio máximo de venta, estaremos dilatando MÁS y MÁS la transición de marras, y, por tanto, evitando poner medidas que DE VERDAD nos ayuden a luchar contra el cambio climático.

Sobre el Green New Deal, 2ª parte

Eunice Newton Foote, científica y climatóloga, en 1865 fue la primera persona en demostrar la relación del CO₂ con el calentamiento global.

Según la Green European Foundation, se estima que en Europa el Green New Deal podría costar entre 150.000 y 250.000 millones de euros, creemos que anuales, con lo que se conseguiría reducir el 20% de las emisiones de CO₂ a la atmósfera, aumentando también la eficiencia energética y las energías renovables. Buena parte de este dinero sería destinado a la construcción, para mejorar o renovar tanto los edificios como las infraestructuras, además de la construcción de sistemas para la producción de energía. Por supuesto, no podemos considerar todo este capital, pequeño e insuficiente para resolver el grave problema del cambio climático, como un mero gasto sino como una inversión de rendimiento inmediato parte de ella, por el descenso del desempleo que representaría además del ahorro energético. La riqueza que generaría es incuestionable, mucha más que la inversión requerida. A eso le hemos de sumar la inversión privada, paralizada actualmente, que generaría riqueza añadida y de elevada calidad, ya que esta se adapta al capital humano disponible, o en caso necesario lo crearía.
La izquierda europea, sin embargo, propone medidas más drásticas y una mayor inversión, que podría cuantificarse entre los 250.000 y 350.000 millones de euros al año. Este dinero se dividiría en dos grupos de inversión, el de investigación y desarrollo para las empresas que producen tecnología, y el de la implementación de dicha tecnología. Y serviría para reducir la factura energética en unos 300.000 millones de euros, además de generar exportaciones por valor de unos 25.000 millones de euros en tecnología limpia, aparte de la misma Green European Foundation, la creación de seis millones de puestos de trabajo y de la riqueza que le acompaña.

En los años treinta, el gobierno norteamericano se encontró con una sociedad endeudada y con poca liquidez, pero no así la hacienda pública, que pudo poner en marcha la máquina de hacer billetes. Ahora nos encontramos con una sociedad muy endeudada, incluida la banca y los mismos gobiernos. La deuda de los estados que más pueden aportar para un posible Geen New Deal actualmente es impagable, sin embargo, el dinero existe y mucho más del que se necesitaría, y está circulando muy lentamente y con mucha incertidumbre, en manos de fondos de pensión, bancos y sociedades de crédito a las que nadie pide dinero, y a un interés casi siempre negativo. Dependiendo la ideología de quien gobierne, este dinero puede volver a manos de los estados, o legislando convenientemente puede servir para financiar sobradamente el Green New Deal. Para conseguirlo solo se necesita voluntad política, olvidando ciertas dependencias económicas o parentescos de clase.
Y tal como el cambio climático no entiende de colores políticos ni de banderas, tampoco tiene fronteras. Su afectación y los problemas que conlleva son planetarios, es decir, que no vale resolverlo solo en Europa y los EEUU, olvidando al resto; como tampoco cambiar los modelos productivos del primer mundo, pero no los de consumo. El traspaso de una economía consumista a una austera, de una contaminante a una verde, actualmente no puede hacerse solo desde los gobiernos sino con la complicidad y la colaboración de las sociedades que los eligen.

Hace un par de años, cuando en una ponencia sobre ecología y sostenibilidad nos preguntaron por el programa de un partido, catalogado equivocadamente como antisitema y anticapitalista, respondimos que era perfecto, quizá el único sostenible al 100%, el problema es que para llevarlo a la práctica sobramos 6.000 de los 7.500 millones que actualmente poblamos el planeta. Y no es difícil demostrarlo, de hecho lo tenemos frente a nosotros. James Lovelok, ahora con 100 años recién cumplidos, nos lo explica en su libro “La venganza de la Tierra”, cuyo título original es “The Revenge of Gaia”.
Uno de los problemas más graves que tenemos es cómo gestionar la globalización, es decir conseguir que los 6.000 millones que ahora mismo están haciendo cola para entrar en el mundo consumista, lo hagan de una manera sostenible. Y esa sociedad que está a la espera, parte de ella ya irrumpiendo en el consumo, se mantiene gracias al plástico y carece de la capacidad de procesarlo; y se desplaza con motores de deshecho del primer mundo, que se deshace de ellos por contaminantes, enviándolos al tercer mundo a través de programas de ayuda.
Esos 6.000 millones utilizan el plástico para todo, desde ir a buscar agua, empaquetar y guardar los alimentos de manera más o menos segura, para calzar y para vestir. De hecho, si entramos en una vivienda del mundo en desarrollo, encontraremos más plástico que en cualquiera del desarrollado; y si paseamos por cualquier calle, pueblo o campo de las zonas menos desarrolladas, lo veremos en pequeños pedazos de tuberías rotas, bolsas, botellas, alpargatas y hasta ropa, en una cantidad tan inimaginable como horrorosa e irreciclable.
En cuanto al gasóleo, ¿quién no se ha sorprendido al encontrar en esos países, los viejos autobuses, camiones, taxis y hasta maquinas de ferrocarril y barcos, que antes veía en las calles, vías férreas, ríos y puertos europeos?
Actualmente el planeta no puede ofrecer suficiente materia prima, para ni siquiera dar satisfacción a los aproximadamente 1.500 millones de seres humanos que han entrado en la economía consumista. Por lo cual una de las primeras medidas que se tendrían que tomar, es reducir el número de seres humanos que lo habitamos con una política de austeridad reproductiva, al menos hasta no descubrir o generar los recursos suficientes sin sacrificar el equilibrio del planeta. El cambio climático es inevitable, así como la desaparición o extinción de buena parte de los seres humanos; ahora bien, lo que Lovelok y el resto de científicos sin miedo no explican es que está en nuestras manos decidir cómo hacerlo, es decir cómo limitar y reducir el número de seres humanos que hoy poblamos el planeta.

En Europa el problema es trasladar este cambio de paradigma económico y de desarrollo al ámbito estatal, regional y hasta local.
Sin una unión fiscal y presupuestaria real, es imposible que se den las condiciones para que todos los países participen con el mismo interés. Y, de haberlas, la existencia de los distintos bancos centrales se hace inútil, además de contraproducente. Es imprescindible centralizar la investigación en una entidad supranacional, con autoridad para supervisar los distintos centros de investigación, sean estatales, universitarios o privados, y para administrar los recursos públicos que puedan recibir. Del mismo modo se tendría que crear otra para la energía, con los misma autoridad sobre las empresas públicas y privadas.
Recordemos que la UE ya tiene un Comisario de Energía y Clima, Arias Cañete, que curiosamente es licenciado en derecho, sin ningún estudio sobre economía o medio ambiente, y con intereses en empresas petroleras.
A todo esto sería necesario sumarle la unificación de todas las regulaciones sobre los medios de transporte de personas y de mercancías, y sobre la producción y reciclaje de productos industriales. Las de urbanismo, turismo y todas las que puedan afectar la estrategia política europea sobre el cambio climático.

Por desgracia el ser humano tiende a utilizar medios sin entrar a valorar su capacidad de contaminación o el perjuicio que pueden causar a las generaciones futuras, con la convicción que serán esas las que solucionarán el problema gracias a unas hipotéticas nuevas tecnologías o a una pericia investigadora de la cual se carece en el momento. En poco tiempo tendremos que gestionar lo que nuestros abuelos lanzaron al mar, cuando ya sabían que este no podía absorberlo. Toneladas de residuos radiactivos, millones de toneladas de armamento relleno o rebozado, da lo mismo, de metales pesados y material químico. Eso sin contar los millones de toneladas de barcos, que la marina alemana hundió en el Atlántico, cargados con el mismo armamento. Y a las puertas de estallar esta bomba de relojería, nos encontramos que tendremos que reconstruir nuestros parques, crear una tupida red de biodiversidad entre los campos de cultivo, repoblar enormes extensiones actualmente áridas, organizar cuerpos de bomberos incluso en Alaska, el norte de Canadá y Siberia, ahora mismo con incendios descontrolados; crear una policía internacional del mar; y reconstruir ciudades enteras con las reglas marcadas por el Green New Deal, cuando ahora mismo y en nuestras ciudades se construye vulnerando la actual reglamentación de la UE o el mismo sentido común (con solo con dar una vuelta por l’Hospitalet de Llobregat, la Calcuta europea, es suficiente). Por supuesto, si no somos capaces ni de dar sombra con cuatro árboles a nuestros escolares, ¿cómo podemos exigir o pretender que países como Etiopía, Nigeria o Brasil, obedezcan las directivas del primer mundo?
En la situación política actual, la solución solo puede llegar a través de la creación de grandes plantas de absorción de los gases invernadero, a no ser que creamos en dioses que milagrosamente despierten la mente a los que solo viven de la inmediatez. Y es nuestra responsabilidad y libre decisión que estas plantas o nueva industria sean de propiedad de entes supranacionales, externos a las grandes corporaciones que han propiciado la situación en la que nos encontramos, o que sean ellas las que, con ayudas estatales e internacionales, y a través de la investigación financiada por todos, administren esa industria y puedan medrar aún más.

Sobre El Green New Deal, 1ª parte

De un tiempo a esta parte se habla mucho del Green New Deal. Dejando de lado la autoría del nombre, podemos decir que se inspira en el famoso y tan vilipendiado como celebrado New Deal, de Franklin Delano Roosevelt.
Cabe recordar que uno de los programas del New Deal fue el Civilian Conservation Corps, (Cuerpo Civil de Protección Medioambiental), dedicado a la repoblación forestal para combatir el Dust Bowl, provocado por la constante desertificación del Medio Oeste norteamericano. Para que nos demos una idea de la magnitud del programa, Roosevelt consiguió que se aprobara el 31 de marzo de 1933, y el 1 de julio de 1933 ya había 1.463 campos de trabajo, con 250.000 jóvenes en paro, 25.000 adultos, 28.000 veteranos y 14.000 indios americanos. La tarea de organización y reclutamiento se le encomendó al ejército, que posteriormente supo aprovecharla para crear y entrenar en un tiempo récord el enorme y eficiente ejército que luchó en Europa y el Pacífico.
En los EEUU se han ido creando algunas organizaciones inspiradas en el Civilian Conservation Corps”, pero quizá la más importante sea The Sea Ranger Service, radicada en Holanda, que en combinación con el gobierno de esta nación se dedica a resguardar y recuperar los fondos marinos y su ecosistema.

El New Deal de Roosvelt
no cambió el sistema económico mundial, pero sí que lo humanizó y democratizó desde un sistema exclusivamente capitalista, consiguiendo que toda la sociedad se beneficiase de él, potenciando los derechos y las libertades del ser humano. No podemos decir que fuera un éxito económico como tal, de hecho el pleno empleo no se produjo hasta la entrada de los EEUU en la Segunda Guerra Mundial.
No sabemos qué habría pasado si Roosvelt hubiera podido desarrollar
su proyecto sin los constantes boicots e impedimentos por parte del mundo empresarial, y los recortes y prohibiciones de la Corte Suprema de los EEUU, que limitaba cualquier proyecto de protección hacia los trabajadores o algunas de las inversiones en infraestructuras, que podían competir con la clase empresarial. En 1939 la economía todavía no había llegado al nivel de los 20, la oposición de los círculos empresariales al New Deal y sus intentos de obstaculizar el proceso, se tradujo en una caída de la inversión privada que la pública no pudo compensar.
El resultado exitoso de la economía de guerra lanzada en 1941, nos da a entender que el New Deal habría sacado a los EEUU y gran parte del mundo de la gran depresión.
Crear una economía de guerra no deja de ser levantar un país a través de su material más importante, el humano, para sobrevivir por encima de todo; y ahora nos encontramos ante una situación parecida, solo que esta vez nos ha de servir para sobrevivir como sociedad y quizá como civilización.

El Green New Deal nació de una propuesta de Van Jones, ex Consejero Especial para empleos verdes, empresa e innovación de Barack Obama, que impulsó inversiones verdes por todo el país, con nuevas infraestructuras, industrias y, sobre todo, investigación; del Centro Europeo de Energía; y ahora de Alexandria Ocasio-Cortez entre muchos otros.
Los fracasos y aciertos del New Deal nos enseñan cómo afrontar el nuevo desafío, si realmente podemos y debemos afrontarlo.
Por supuesto, el primer problema que debemos afrontar es el político.
Las sociedades norteamericana y europea no son las mismas ahora que en los años treinta. Entonces a nadie se le ocurriría elegir a unos políticos negacionistas o que viven de espaldas a la ciencia empírica; ahora, sin embargo, podemos encontrarnos con una clase política dominante que niega la realidad. El ejemplo lo tenemos ahora mismo en los EEUU o Italia, pero también a la puerta de gobernar en muchos otros lugares, como la misma España (recordemos al Partido Popular y el primo de Rajoy).

Alexandria Ocasio-Cortez no es ni de lejos Roosvelt, no por sus capacidades, que aún ha de demostrar, sino porque el segundo gobernó los EEUU durante tres legislaturas con comodidad electoral, aunque con casi todo el aparato empresarial y los economistas de la Escuela Austríaca de los años 30 en contra.
Friedrich Hayek y parte de la Escuela Austriaca, criticaron duramente al New Deal, curiosamente en lo referente a su concepto de libertad, que consideraban engañosa. Sin embargo, el laureado Nobel apoyó sin ningún prejuicio las dictaduras chilena, portuguesa y argentina, y al Apertheid sudafricano, declarando: “Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático, donde todo liberalismo esté ausente”. Curiosamente el liberalismo que defendían esas dictaduras no era real sino igual de falso que el de Hayek y parte de la nueva Escuela Austríaca (no confundamos a Hayek con Ludwing von Mises, creador de dicha escuela), puesto que sus legislaciones económicas estaban diseñadas para defender a un reducido grupo de personas, expulsando al resto de los supuestos beneficios liberales.

El Green New Deal trata de crear gran cantidad de empleo de calidad, fomentando una reindustrialización de características verdes. El nombre deviene por su gran parecido a la política del Presidente Roosvelt, es decir disponer de una parte del presupuesto, en este caso norteamericano y europeo, para la creación de una gran red de nuevas infraestructuras. La revista Stern (también ver) estima que combatir el Cambio Climático nos puede costar el 1% del PIB anual, mientras que de no combatirlo este coste podría representar el 7% y hasta el 20% si añadimos el coste humano por la pérdida de salud y de biodiversidad. El Centro de Estudios Re-Define valora la necesidad, solo en Europa, en el 2% del PIB, que conseguiría disminuir en un 30% la emisión de gases invernadero.
Por desgracia el ser humano se enfrenta a un problema desconocido, no existe experiencia a una subida de los gases invernadero de la actual magnitud, pero lo que sí sabemos es que sus efectos no son inmediatos sino que devendrán durante los próximos 30 años. Es decir, que los efectos de lo que actualmente ya está en la atmósfera, aproximadamente 430 Ppm de CO2, aunque ya los estemos experimentando con una subida de 0,5º Celsius, el efecto total lo apreciaremos 30 años, con una subida aproximada de 2,75º, Y los 550 Ppm de CO2 previstos para el 2050 representará una subida de casi 4º. La subida del nivel del mar es igual de inevitable y podría ser de entre uno y dos metros, es decir la desaparición de los grandes deltas que alimentan a miles de millones de seres humanos. La desaparición de los glaciares significará una caída en la disponibilidad de agua dulce en muchos lugares del planeta. El frío ya no retendrá el agua en las altas montañas, por lo que se deslizará de manera torrencial en caso que no se reduzca la cantidad de lluvia.
Estas previsiones, junto a algunas más, son las más estudiadas y seguras. Lo que no podemos es predecir cuántas especies desaparecerán, en qué lugares lloverá más o menos o hasta qué nivel el hielo de Groenlandia y de la Antártida colapsarán.
Ahora bien, no olvidemos que la previsión de 550 Ppm de CO2 para el año 2050 parece o es inevitable. Los cambios necesarios para frenar el aumento hasta esta cifra no son posibles, al menos a tan corto plazo.
El desafío no termina, por tanto, en cómo invertir, qué políticas hemos de seguir y de dónde hemos de extraer la cantidad de dinero para desarrollar el Green New Deal, sino también cómo hemos de gestionar, si es que podemos hacerlo, la desaparición de millones de hectáreas de cultivo por la subida del nivel del mar, el aumento de la desertificación, la extinción de numerosas especies indispensables para el equilibrio ecológico y el traslado de cientos de millones de personas.

Dicho esto, no podemos entender ni compartir el resultado de esos estudios, que hablan de la necesidad de invertir entre el 1 o el 2% del PIB, o de la previsible caída del 7% en caso de no afrontar los cambios. Nadie puede valorar el porcentaje necesario con un índice de base que depende de factores tan diversos, como el aumento de precio de los alimentos, del suelo, de la especulación y a veces de la crisis (se da la paradoja que el Banco de España ha de subir sus expectativas de crecimiento gracias a la actual caída económica), pero si de la riqueza real de una sociedad.
El cambio de paradigma económico es tan inevitable como el mismo cambio climático, y será consecuencia de este. Lo llamaremos Green New Deal o de otro modo, pero no podemos predecir la dirección exacta que tomará, que dependerá de los gobiernos y de los grupos de presión por un lado, y la concienciación y la movilización ciudadana. Un cambio de paradigma económico de esta envergadura solo puede darse con un pacto político y social en todos los países del planeta. Y a partir de unas mayorías cultas y socialmente avanzadas. Por supuesto, no en un mundo gobernado por negacionistas de cualquier signo político.

El plástico y el ser humano

Imagen de RitaE, extraída de Pixabay

En los años sesenta, mucho más a principios de los setenta, empezó a despertar la conciencia contra el uso indiscriminado del plástico, principalmente en los EEUU. En este país el choque cultural y generacional llegó un poco antes que en el resto de las sociedades occidentales. La alta burguesía consideraba el plástico como el material del futuro, en el que la sociedad industrial y consumista debía confiar. Para ella el plástico tenía que convertirse en una herramienta exclusivamente para enriquecerse. Sin embargo, para la juventud más transgresora, la contraria a la guerra del Vietnam, donde se podía encontrar los primeros ecologistas de la mano del movimiento hippie, el plástico era el enemigo a combatir, un material extraño al planeta, que ya por entonces le acusaban de ser cancerígeno.
Cincuenta años más tarde, quizá más, después de la primera revolución tecnológica, en parte seguramente gracias al mismo plástico, y en plena revolución digital, de las comunicaciones y del comercio global, el plástico se ha convertido en el dilema más importante del ser humano.

El plástico se ha convertido en el problema más grave, después de la guerra, para la supervivencia del ser humano. Podemos calentar el planeta y sobrevivir cambiando los hábitos de consumo, incluso reducir nuestro número a causa de la previsible inundación de grandes extensiones de tierra; pero no podremos sobrevivir con la tierra y el mar completamente infectados de partículas de plástico. Entonces ya no valdrá reducir las cosechas o pescar menos, sino simplemente no cosechar ni pescar. Actualmente no existe un rincón del planeta, por deshabitado que esté o salvaje que sea, sin un pedazo de plástico, sea restos de tuberías, de bolsas o de neumáticos. En medio del desierto, en el Ártico o el Antártico, en el Himalaya o los Andes, podemos encontrar restos de plástico.
¿Cómo ha llegado?
El viento, las mareas o los mismos seres humanos. Los pájaros fabrican sus nidos con pedazos de plástico, los peces mueren tras haberlo ingerido. El plástico se ha convertido en el cáncer que Norman Mailer, escritor y activista, vaticinó hace más de cincuenta años, en aquellos años sesenta. 

Por desgracia estamos muy lejos de dejar de consumir petróleo. Actualmente se están descubriendo y abriendo nuevos yacimientos cada año, y si no se abren más es por la falta de consumo. Cada día se extraen más de 70 millones de barriles, y no olvidemos que el 6% de este crudo termina convertido en plástico. Cerca del 80% del petróleo se consume en el transporte, en las calefacciones o produciendo electricidad; el resto sirve para la industria, sea en forma de gas, pinturas, cosméticos, asfaltos o plásticos. Sin embargo, solo este 6% preocupa de manera importante al ser humano. El resto sigue siendo un grave problema que puede afectar nuestra supervivencia, pero no se ve ni se come sin pretenderlo. Si no hacemos nada, pronto la tierra que cultivamos estará infestada de partículas de plástico, y el mar será inhabitable para los peces, los que comemos y los que no.

La alta burguesía norteamericana de los sesenta no andaba muy desencaminada, aunque seguramente no en el sentido que se había prometido. El plástico se ha convertido en la herramienta más perfecta para envasar y transportar los alimentos, además de los cientos de artículos que las personas consumimos anualmente. La Organización de Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), asegura que en Europa, gracias a la utilización de envases, sólo se desperdicia un 3% de los alimentos, mientras que en los países en desarrollo, dónde el uso de envases es prácticamente inexistente, se desperdicia el 40% de los alimentos. Obviamente la FAO no ha tenido en cuenta el uso de frigoríficos en los países desarrollados, difíciles de encontrar en una aldea africana, india o incluso en el interior de gran parte de Sudamérica. Sin embargo, es lógico suponer que los alimentos se conservan mejor bien envasados que a merced del aire.

Los ecologistas solemos quejarnos de la cantidad de envases de plástico que necesita un artículo hasta llegar a nuestro consumo. Un bombón no necesita ir envuelto seis veces en plástico, con una o dos es suficiente. La caja puede ser de sencillo cartón reciclado, el envoltorio del bombón y su soporte, de papel. Reclamamos, por tanto, un uso más inteligente del envasado y un esfuerzo para sensibilizar a la ciudadanía sobre la importancia de la reutilización, el consumo y el reciclaje.
Pero no debemos olvidar que el plástico es uno de los materiales con más estabilidad molecular, se necesita poca energía para su fabricación y moldeado, se tinta con facilidad y mucha definición, puede ser opaco o transparente, su baja densidad y elevada resistencia le permite infinidad de usos. En el transporte, por tanto, ahorra energía y facilita el comercio internacional. Dependiendo los compuestos añadidos puede ser duro o flexible, y en principio es absolutamente impermeable; se puede moldear con todas las formas imaginables y es sumamente barato; es muy poco conductor de la electricidad, cosa que lo convierte en el mejor aislante. Es, con mucho, el mejor material para fabricar tejidos, desde los industriales de alta resistencia, hasta los más suaves para cubrir el cuerpo humano, con infinidad de texturas que imitan los típicos materiales naturales. Puede decirse que gracias al plástico, todos los seres humanos pueden vestirse sin necesidad de destruir la naturaleza.
Sin embargo, tampoco podemos olvidar los problemas subyacentes a su uso y fabricación. Es obvio que no podemos convertir nuestros océanos, montes o minas, en vertederos de plástico, todavía menos si hablamos de un material que puede reutilizarse muchas veces. Sería ridículo, y de hecho lo es, lanzar al mar un producto que lo envenena, mientras se le podría dar otra utilidad.
El plástico, como el papel, tiene un límite de reciclado, que según los fabricantes es de 4 o 5 veces. Después hay que eliminarlo. Y no olvidemos que, aunque sólido, no deja de ser un combustible, de modo que la mejor manera de acabar con él es utilizándolo para generar energía.
Actualmente se ha trabajado para darle usos mucho más duraderos, como la fabricación de muebles, barcos y hasta viviendas. Uno de los más polémicos es el de las carreteras, olvidando que este plástico terminará dispersado en la naturaleza convertido en microscópicos polímeros, infectando la tierra y los animales.
En cualquier caso utilizar otros productos para suplir el plástico, sin contar el exceso de peso en el transporte, comportaría un elevado aumento del consumo energético, que actualmente no podemos valorar (ninguna fuente coincide). Indudablemente eso nos hace pensar que el plástico no es el problema sino los seres humanos, que tenemos que cambiar la manera de ver este material, olvidar que es un enemigo de la naturaleza sino un aliado, siempre y cuando sepamos gestionarlo.

Para un químico convertir la mayoría de plásticos en energía es lo mismo que hacerlo con cualquier otro combustible extraído del petróleo. La diferencia en este caso es simplemente mecánica, es decir preparar las centrales para quemar plástico en cambio de carbón.
Según Cicloplast, en España solo se recicla el 21% del plástico, una cifra completamente ridícula si tenemos en cuenta su consumo. Del poco que se recicla el 26% se convierte en tuberías, el 22% en láminas para la posterior venta a productores de envases, cubiertas, etc; el 14% se destina para la fabricación de piezas (motores, frigoríficos, automóviles, etc); el 19% para perchas, bolsos, etc; el 14% se utiliza como combustible en las centrales térmicas. Del resto, un 65%, termina en el vertedero, que es lo mismo que decir enterrado una parte y dispersado por la naturaleza otra. Estas cifras no contemplan la ingente cantidad que marineros, pescadores, agricultores o cualquier persona sin un mínimo de empatía hacia la naturaleza, abandona por la calle, el campo o el mar.

Reus, donde la naturaleza es mobiliario urbano

Plaça de la Sang

(Esta publicación ha sido escrita por Antonio Blasco, de Pirates Verds, para Reusdigital.cat)

Al revisar la historia vemos que el papel de la naturaleza en el entorno urbano ha ido cambiando con el paso del tiempo. Las ciudades mediterráneas crecieron dentro de las murallas, donde los ciudadanos se refugiaban y tenían casi todo el que necesitaban. A medida que la población creció, los nuevos barrios desplazaron los huertos fuera de las murallas, dejando en muchos casos los cementerios como única “zona verde” en un entorno de callejones estrechos y con poca luz.

A finales del XIX se produjo un gran cambio, cuando empujadas por la industrialización y las migraciones que esta ocasionó, las ciudades superan las murallas, que en muchos casos se derrocan, y se abren a huertos y bosques. Las autoridades sanitarias de la época recomendaban espacios abiertos y naturales, luz y sol, y los ensanches son el reflejo de este nuevo urbanismo. Calles mucho más anchas, arbolados, avenidas que conectan la ciudad y el campo. La historia de las ciudades en el primer tercio del siglo XX es de la apertura de las ciudades a la naturaleza.

En nuestro país este proceso se frena con la guerra civil, un conflicto que lo arruina hasta el punto que la planificación urbanística desaparece, con una población y unas administraciones abocadas a resolver el día a día. La tendencia se agrava con las migraciones de los años 50 y 60. El incremento de población se acumula en ciertas zonas, construyendo nuevos barrios donde la preocupación por el medio ambiente es inexistente. Hay casos de planificación, como el Barrio Fortuny, donde los edificios se construyen respetando calles arboladas y se diseñan jardines comunitarios, pero otros son construidos sin orden, repitiendo de alguna manera la estructura anárquica de las ciudades medievales, con la única diferencia que las calles son más anchas para permitir el paso de automóviles. Las plazas cuando las hay son plazas duras, baratas de hacer y de mantener.

En las últimas décadas, no obstante, se hace evidente que el destino de las ciudades es crecer, y que no lo pueden hacer dejando fuera la naturaleza como se hizo en épocas pretéritas. Las cátedras y publicaciones de urbanismo han priorizado la sostenibilidad en la mayoría de sus estudios, mientras que diferentes publicaciones médicas han ido analizando la relación entre urbanismo y salud. Por ejemplo, un estudio de 2015, realizado en Londres, describe la correlación entre la distancia entre los árboles a la calle y el número de depresiones diagnosticadas en la zona. Otro analiza la relación entre déficit de atención y rendimiento escolar con respecto a la superficie de las zonas verdes en el barrio. Un tercero se fija en la correlación entre superficie arbolada, renta per cápita y enfermedades cardiovasculares. Podríamos ir añadiendo ejemplos, pero creo que ya queda claro la importancia del diseño de las ciudades en relación a los espacios naturales.

Es por eso que las ciudades, cada vez más, incorporan jardines verticales y tejados ajardinados, y aprovechan las reformas realizadas (especialmente en los centros de las ciudades, donde tradicionalmente la vegetación es más escasa) para ir introducido espacios de natura urbana. Es un proceso general, tanto en ciudades pequeñas como medias, y es en el marco de este proceso general que hay que analizar las intervenciones que se han producido en nuestra ciudad. Pensando en las actuaciones urbanísticas ejecutadas recientemente, podemos analizar cuál es la visión que Reus y sus gestores tienen de las necesidades de los reusenses en esta área. Observamos, por ejemplo, la última, la plaza de la Sangre. El resultado de la intervención ha sido otra vez una plaza dura. Se ha perdido la oportunidad de vestir de verde este entorno. La vegetación introducida se ha limitado a unas macetas de grandes dimensiones, con unas plantas exiguas que delimitan el espacio de los peatones y de los vehículos. En su lugar se podría haber instalado pilones o bancos peatonales, porque la función de la vegetación es simplemente decorativa, utilitarista. La plaza quedará vacía en verano porque los exiguos árboles no darán suficiente sombra, por lo que nadie podrá disfrutarlos. La superficie emitirá tanto calor que los vecinos tendrán que echar mano de la climatización. La posibilidad de incrementar la biodiversidad en la ciudad se ha desvanecido. Tenemos que decir, sin embargo, que esta carencia de preocupación por la sostenibilidad real de la ciudad no es exclusiva del consistorio actual. En la reforma de la plaza del Baluarte del año 2004 se creó un espacio muy parecido.

Los tenderos quieren que los turistas vengan de Salou a comprar, pero de la estación de autobuses al centro, ¿cuántas zonas sombreadas hay? Se diseñan carriles bici o rutas a pie, ¿pero quién se atreve en verano? Solo nos queda la esperanza de que los futuros gobiernos de la ciudad tengan una mayor sensibilidad en este campo. De todos modos, en el debate celebrado en el Centro de Lectura sobre el urbanismo de Reus, ningún partido habló de zonas verdes.

No pinta nada bien.

Gas, una inútil alternativa al gasóleo

Estos días hemos podido analizar dos noticias diferentes sobre la utilización del gas natural, para suplir los combustibles líquidos y sólidos, si a lo que vamos a mostrar se le puede llamar noticia. Por un lado el informe de la Federación Europea de Transporte y Medio Ambiente AISBL, una asociación internacional en la que participa Ecologistas en Acción. Por el otro el informe del Ministerio Para la Transición Ecológica.
Si ustedes comparan ambos trabajos, pronto descubrirán que el de Transport and Environment detalla con multitud de datos y explicaciones la investigación realizada, mientras que el del Ministerio, no solo no detalla cómo ha llegado a sus resultados sino que los muestra como una verdad absoluta, es decir mediante un acto de fe, que en este caso podría ser suicida para el planeta.

Indudablemente, el informe del Ministerio llegará a todas las empresas y medios del país; no así el de Transport and Environment que solo llegará a las asociaciones ecologistas o a los activistas más inquietos. El nombre del Ministerio ya ofrece la suficiente confianza: Para la Transición Ecológica, que muestra la aparente voluntad de cambiar nuestro modelo energético.
El mal llamado informe del Ministerio no muestra fecha ni quien lo ha redactado, el de Transport and Environment está fechado este octubre y no solo dice quienes lo han redactado sino también quien lo ha revisado.

A todo esto, lo más lacerante es que, en principio, el Ministerio dispone de profesionales y medios económicos suficientes que cobran buenos sueldos para desarrollar un estudio, y no una mera declaración que parece la copia de un informe de la industria energética. Sin embargo, los grupos ecologistas se nutren de pequeñas donaciones, generalmente de personas con no demasiados recursos, y de muchos científicos voluntarios, trabajando posiblemente a cambio de poco dinero o por la satisfacción del trabajo bien hecho.

Pero vayamos a los datos.
Uno de los problemas más graves del gas natural es su elevado factor de calentamiento global. Y no podemos obviar que, el promedio de gas metano que se pierde durante su suministro de gas fósil es del 2,2%, una cifra gigantesca por lo que comporta para la atmósfera. A este 2,2% le hemos de sumar el que se pierde durante las labores de extracción, que puede ser mucho mayor. El efecto invernadero del metano fósil es 30 veces superior al CO2, y por desgracia, está previsto que sus emisiones aumenten considerablemente, dado que los distintos Estados facilitan su uso.
La eficiencia energética del metano en los motores de combustión, es muy similar
a la del resto de combustibles fósiles. En algunos casos el metano puede ser beneficioso, como en el transporte de mercancías terrestre; sin embargo, podemos asegurar que el pequeño ahorro, alrededor del 7% de emisiones de CO2, por el uso de gas metano en los motores de combustión, queda superado o reducido a nada si contamos las fugas de gas al exterior. Tal como explica el trabajo, los nuevos motores de gasóleo igualan la emisión de CO2 con los de gas, por lo cual esa poca ventaja quedaría reducida a cero, pero con el añadido de las inevitables fugas de metano.
Para finalizar, lo que este trabajo pretende explicar es que en todas las facetas en las que el metano puede ser menos contaminante que el resto de combustibles fósiles, existen alternativas a largo plazo más baratas
y de CERO emisiones.

Preservación del Medioambiente Urbano

Imagen de Nara Figueiredo

Tradicionalmente el movimiento ecologista ha concentrado sus esfuerzos en la preservación de los espacios naturales, entendiéndolos como espacios en los que el impacto del hombre ha sido mínimo. De todos modos, la progresiva concentración de la población en espacios urbanos, y el impacto de las ciudades y su diseño, tanto en la salud de sus habitantes (de todas las especies) como en los ecosistemas que las rodean, ha obligado en los últimos años a concentrar más esfuerzos de preservación en los espacios urbanos. De hecho, la dicotomía “espacio urbano – naturaleza” va poco a poco cayendo en desuso, aceptando la necesidad de permeabilizar las ciudades a fin de que los espacios naturales se integren en el urbanismo. Ello no obstante, campañas como la promovida por SEO Birdlife bajo el nombre “Aves de Barrio”, en la que llama la atención sobre la progresiva desaparición de especies otrora tan comunas en nuestras ciudades, como el gorrión o el vencejo, hacen evidente que dicho proceso no avanza al ritmo requerido.

Urge la redeficinición de las ciudades cómodamente atrincheradas tras su parapeto de “sostenibilidad”, definida simplemente como eslogan electoral y coartada para su “inevitable” progresivo crecimiento. Para ello es necesario tanto una mayor concienciación ciudadana como la implementación de normativas municipales que tengan la preservación del medio ambiente como uno de los ejes principales de las mismas. No es necesario inventar nada. La literatura sobre como hacerlo existe desde hace tiempo y se compendia en los manuales de aplicación del “Local action for Diversity” aprobados tras el Convenio sobre Diversidad Biológica que se presentó en la Cumbre de la Tierra de Rio 1992 y que se ha compendiado en BiodiverCITIES: A handbook for municipal Biodiversity Management for Local Governments

A efectos prácticos, algunas de las propuestas políticas municipales a desarrollar son:

  1. Incorporación del “capital natural” en las cuentas municipales, junto con políticas orientadas a reducir la huella ecológica e incentivar la conservación de la biodiversidad y la economía verde.

  2. Planificación de la expansión urbanística entendiendo el suelo como recurso básico a conservar y recuperar; al tiempo que empujar normativas exigiendo la utilización de soluciones basadas en la naturaleza en el proceso de urbanización (tejados verdes, jardines verticales, pavimientos verdes, drenaje sostenible…)

  3. Políticas de conservación de la fauna autóctona mediante la programación de obras de mantenimiento y construcción en periodos adecuados para no interferir en los ciclos biológicos, así como el desarrollo de normativas de rehabilitación y construcción de edificios respetuosas con la biodiversidad.

  4. Priorización de superficies verdes diversificadas, con variedades autóctonas y un manejo limitado y adaptado a las condiciones climatológicas de cada localidad, con el objetivo de mantener zonas, no solo verdes, si no también llenas de vida.

  5. Identificación de especies y espacios de mayor interés de conservación, por parte de técnicos locales a los que dar prioridad y elaboración de políticas activas que permitan su recuperación.

  6. Impulsar la educación y participación ciudadana en el desarrollo de toda política medioambiental, a fin de tejer una red de intereses y de complicidades a nivel local que facilite el éxito de las distintas políticas implementadas.

ENERGÍA Y CRECIMIENTO

Imagen de Burghard Mohren

El Síndic Major de Comptes de la Comunitat Valenciana, Vicent Cucarella Tormo, explica en un informe oficial que la transición energética conllevará una disminución de uso por habitante, que inevitablemente reducirá el nivel de productividad y por ende de consumo al que estamos acostumbrados

“En la actualidad debemos prepararnos para disminuir la energía procedente de los combustibles fósiles rápidamente porque es necesario para atenuar el cambio climático y porque estos combustibles están alcanzando su máximo ritmo posible de extracción. Sin embargo, a diferencia de otras ocasiones, con la implantación de un sistema alternativo con fuentes de energía renovable (con menor tasa de retorno energético) se pretende conseguir al mismo tiempo que se reducen las ricas fuentes energéticas anteriores. Esto dificulta la implantación del nuevo sistema y además condiciona su mantenimiento posterior y su reposición al final de la vida útil de cada elemento.
La conclusión de todo ello es que la transición energética y la lucha contra el cambio climático nos conducen a una menor disponibilidad de energía por habitante. Por tanto, ante un escenario con escasez de recursos naturales y dificultades para generar energía abundante, limpia y barata, las economías verán entorpecido su crecimiento en términos de PIB, habida cuenta de la relación directa existente entre el PIB mundial y el consumo total de energía. La falta de reacción a tiempo ante el reto planteado puede desencadenar graves consecuencias sociales, así como un notable trastorno del actual modo de vida occidental. Por todo ello, la actual transición energética precisa ser acompañada de una transición social y sistémica, de una envergadura muy superior a las conocidas en otras ocasiones, tal como advierten numerosos y recientes informes científicos. Durante la transición debe descartarse el objetivo de crecimiento económico y acercarse hacia posiciones compatibles con el estado estacionario en niveles menores a los actuales, que respeten la capacidad de carga de la biosfera.”

Quizá estemos hablando de un período de transición, necesario para que irrumpa una nueva tecnología capaz de explotar correctamente las energías limpias. O quizá lo que deberíamos es ir pensando el modo de disminuir radicalmente el número de habitantes, porque ya no solo es la energía sino también el agua y una larga lista de materias que consumimos sin dar tiempo a que puedan regenerarse.
El actual crecimiento poblacional, que por suerte se ha ralentizado, y según las últimas estimaciones es posible que en pocos decenios llegue a cero, junto a un aumento de la calidad de vida y, sobre todo, de la capacidad de consumo de los países asiáticos, no es soportable para las actuales fuentes de energía, ni siquiera si acelerásemos al máximo la instalación de plantas de energía renovable. Disminuir o frenar el aumento del consumo, solo es posible mejorando radicalmente el aprovechamiento de la energía, y eso tampoco es factible, al menos a tan corto plazo.
La energía nuclear no es una opción, el ser humano no puede generar energía al precio de enterrar en profundas minas, que casi nunca aseguran un sellado a largo
plazo, cientos de miles de toneladas de residuos nucleares, con una vida media que oscila entre los 6.600 hasta los 130.000 años, dependiendo el tipo de residuo generado. En cualquier caso es inimaginable que unas pocas generaciones puedan hipotecar el futuro de todas las que puedan llegar tras suyo, e incluso el del mismo planeta. Además, la energía nuclear es muy cara, tanto que ninguna empresa quiere construir nuevas plantas si no es con el dinero público y a fondo perdido, y aún menos hacerse cargo del coste de almacenar y gestionar los residuos durante miles de años. La solución podría encontrarse en centrales nucleares que funcionen con los residuos radioactivos; sin embargo, las nuevas centrales nucleares tardarían muchos años en tener un papel activo en la generación de energía. Los investigadores de la MIT nos mostraron en el 2016 un no tan nuevo procedimiento, todavía en estudio, para aprovechar todo el material nuclear, no solo el 3%, que es lo que ahora mismo se utiliza. El residuo resultante, muy inferior en cantidad, solo mantendría su actividad nociva durante 300 años, una cifra igualmente inasumible. Los científicos rusos de ROSATOM ya se han adelantado, seguramente con una tecnología muy parecida pero más funcional, construyendo una planta de reactor brest-OD-300 en el Siberian Chemical Combine; pero más humildes o sensatos, reconocen que la carga de combustible empezará en el 2023 y se prevé que hasta el 2026 no producirá energía para uso comercial. Esas nuevas tecnologías todavía están en estudio, y aunque tuvieran éxito nuestra sociedad tardaría entre cincuenta y sesenta años en construir las centrales para producir una cantidad de energía apreciable, pero insuficiente.

El señor Vicent Cucarella, en pocas palabras y muy acertadamente, nos está exponiendo una realidad incontestable, nos tenemos que preparar para decrecer económicamente, principalmente porque el sistema que hemos escogido no ha tenido en cuenta el coste de reposición de nuestros productos, en primer lugar los energéticos.
¿Significa eso que vamos a vivir peor?
No si reordenamos nuestra manera de consumir y de vivir. No si aprendemos a cambiar nuestros hábitos de consumo, sin necesidad de penalizarlo o de ensanchar las diferencias sociales. No si conseguimos transformar el ahorro de consumo en riqueza,
aún menos si no la monetarizamos. De hecho las sociedades más consumistas ya están experimentando un decrecimiento real, muy alejado del llamado PIB. La mayoría de sus individuos ha perdido una parte de su capacidad de consumo, y las sociedades que no han sabido gestionar el reparto de la riqueza, incluso en calidad de vida.

Los Congresos y su efecto en el cambio climático

Conferencia en Addis Abeba (Etiopía)

Según los datos del Spain Convention Bureau, en España ha habido cerca de veinte mil eventos, con una media de ciento cincuenta y dos asistentes por reunión; es decir más de tres millones de visitantes, de los cuales más de un millón han llegado del extranjero para dar una charla de veinte o treinta minutos, pocas veces más, en los que tienen que invertir un promedio de dos días y medio, más otro para el viaje de ida y vuelta.
Para que ustedes se hagan una idea, durante el 2017 se celebraron en España cuatro mil novecientos ochenta y seis congresos, con un millón trescientos mil participantes, un 17,93% más que el 2016.

Como ejemplo de la importancia de los desplazamientos, que podríamos tachar de inútiles, la última reunión de la Federación Española de Municipios y Provincias, que se celebró en Las Palmas de Gran Canaria, con autoridades y profesionales del turismo de cincuenta y seis ciudades españolas, movilizó a representantes de cincuenta y cinco ciudades, que tuvieron que desplazarse en avión más de dos mil kilómetros de promedio, cuando se podría haber solucionado con una simple videoconferencia.
Barcelona es la ciudad que acoge más congresos del mundo, la tercera si añadimos jornadas y conferencias; pero son los congresos los que movilizan más pasajeros y con mayor distancia recorrida.
Los sectores que mueven más pasajeros son el sanitario y el de negocios, con el 42% de visitantes; sin embargo, en estos últimos años ha aumentado considerablemente el número de congresos y jornadas dedicados a la preservación del medio ambiente y contra el cambio climático. No deja de ser paradójico el hecho de que miles de profesionales estén dando vueltas por todo el planeta en avión, la mayoría de las veces recorriendo entre dos y diez mil kilómetros, permaneciendo dos días y medio en una ciudad para hablar entre veinte y treinta minutos a una audiencia que atiende su charla, mirando una exposición en una pantalla justo encima del ponente, sobre lo terrible que es, para el medio ambiente y el cambio climático, viajar en avión.
Los automóviles, por su número y utilización, son los principales emisores de CO₂ en el sector del transporte. Pero si revisamos las emisiones por kilómetro recorrido y pasajero, el avión sobrepasa con creces cualquier otro medio de transporte.

Según la Agencia Europea del Medio Ambiente, de la que hemos extraído el siguiente gráfico, cada pasajero que viaja en avión es causante de la emisión de 285 gr. de CO₂ por kilómetro, mientras que en tren solo 14.

El gráfico, sin embargo, no muestra el de barco. Si para sus vacaciones usted escoge la opción de un crucero, debe saber que pese lo maravilloso y natural que es el mar, usted está provocando la emisión de, aproximadamente, 245 gr. de CO₂ por cada kilómetro de trayecto. Es decir, que está contribuyendo muchísimo al cambio climático del planeta, mucho más que si viaja en su coche, que consume de promedio 104 gr., siempre que viaje con medio acompañante (sabemos que eso es imposible, pero es tal como se han estudiado los promedios). Obviamente, como más pasajeros viajen con usted, menos gramos de CO₂ tocará para cada uno de ellos.

Con respecto al avión, la emisión varía mucho dependiendo de si el vuelo es de corta o de larga distancia (el gráfico tampoco lo contempla), así como de la capacidad de carga. Por ejemplo, un vuelo interno con un avión de solo 40 pasajeros, representa más de 750 gr. de CO₂ por pasajero y kilómetro, una barbaridad como pueden observar; en cambio, uno de larga distancia y 90 pasajeros, consume los 285 antes indicado, que es mucho más que cualquier otro medio de transporte.

A todos nos gusta viajar, sobre todo si una organización de renombre, estatal o mundial, nos invita. Eso puede significar grandes beneficios para nuestro currículo, aparte de la satisfacción personal y la posibilidad de poder entablar relación con otros colegas o personajes muy interesantes. Sin embargo, actualmente existen numerosos medios tecnológicos para dar a conocer nuestros conocimientos, la videoconferencia es uno de ellos. Y no solo para el conferenciante sino también para el oyente, porque puede sentarse tranquilamente en un momento relajado, incluso en el aula de una universidad o un instituto, tomar notas y aprender mucho mejor. La videoconferencia gravada nos permite pausar, retroceder para corregir una nota o revisar una idea, descansar unos minutos y volver en otro momento. Y, sobre todo, contactar vía telemática con todos los participantes, tanto ponentes como oyentes, exponiendo con tranquilidad su opinión al respecto.
Un ponente que ofrece sus servicios a través de videoconferencia puede ser mucho más atractivo para el espacio organizador, el coste es inferior y su valor añadido superior, aún más si en la presentación se expone el por qué del medio escogido, el respeto al medio ambiente.

Fuentes:
Environment Agency Austria
Agencia Europea de Medio Ambiente
Hosteltur
Ecombes

 

El lobo en su hábitat

Hace tiempo publicamos el ahora ya muy conocido vídeo de Sustainable Human sobre la recuperación del lobo en el parque nacional de Yellowstone, que explicaba hasta qué punto la vuelta de este animal, que en principio pasa desapercibido y sin llegar a sobrepasar un cierto número de ejemplares, reducido en relación al resto de especies del parque, puede cambiar el paisaje o, mejor, recuperar el original.
Es indudable que no es lo mismo Yellowstone, donde la afectación del ser humano es prácticamente inexistente, que unos espacios explotados por el mismo, aunque salvaguardando el medio ambiente como es el caso de Asturias, con seis espacios naturales declarados por la Unesco como Reservas de la Biosfera, y la Reserva Integral de Muniellos dentro de uno de ellos.
El lobo y el ser humano son parte del sistema que regula la naturaleza porque son parte de ella. Todo lo que la integra es necesario para su supervivencia, sea animal, vegetal o mineral; sin embargo, en ciertos sistemas unos animales y vegetales pueden considerarse más necesarios que otros. En este caso hablaremos del lobo, por ser uno de los principales depredadores para mantener el equilibrio; pero sin olvidar el que para nosotros es el más importante, el ser humano y también su correlación con el anterior.

Asturias es una de las regiones españolas con más lobos de España, por los kilómetros cuadrados que tiene, por lo cual, también una de las que más discutidos son. Para entender la situación hemos de introducirnos en la geografía asturiana, muy parecida a la Cántabra, pero con menos habitantes por kilómetro cuadrado.
Asturias tiene cerca de 1.034.000 habitantes, 97,14 por Km2, muchos menos si calculamos lo abrupto del territorio, de los cuales más de 700.000 viven en el triángulo formado por los vértices de Mieres, Gijón y Avilés. El resto de la población, unas 300.000 personas, vive muy dispersa en una región abrupta y de grandes proporciones, concentrada además en pequeñas poblaciones rodeadas de grandes extensiones de bosque y de matorral, muchas veces inaccesible para el ser humano. Estas grandes zonas abruptas e inaccesibles son, sin duda, el territorio por donde campa tanto el lobo como el oso, los grandes depredadores finalistas, indispensables para la conservación de este maravilloso ecosistema.
Alrededor de las poblaciones y en zonas mucho más abiertas, en prados y en las riberas de los ríos, el rey y gran depredador es el ser humano. En estas zonas vive, cultiva y pastorea su ganado. Para llegar a ellas necesita senderos y pistas que atraviesan y trocean la tierra del lobo y del oso.
El ser humano ha poblado el norte de España desde al menos hace 100.000 años. Y aunque sus restos se hallen diseminados por infinidad de cuevas, lo más probable es que también habitara en las cumbres y los valles, en las riberas de los ríos, y en colonias cercanas a la costa, cerca de la desembocadura de esos. Fuera de las cuevas es muy difícil sino imposible que se conserven restos de sus asentamientos, por la constante y rápida erosión del terreno.

Muchos movimientos ecologistas tratan al ser humano como un intruso del ecosistema, y por supuesto lo es en cuanto no sabe interaccionarse con él, pero en cualquier caso es parte y lo ha sido siempre. El ser humano ha cultivado, cazado, pescado y pastoreado desde hace muchos miles de años. Para llegar a sus poblados necesitaba construir caminos y vadear ríos, aprovechando seguramente los pasos de los cientos de animales salvajes, que con su intuición y multitud de pisadas los construían en los mejores sitios. El ser humano tuvo que crear grandes claros en el bosque para guardar y alimentar su ganado, tuvo que desbrozar el bosque de ribera para llegar a los ríos y con la poda conseguir combustible de rápido uso y alimento para su ganado. Para ello el ser humano tuvo que desplazar a otras especies que indudablemente competían con él los mismos espacios y bienes de consumo. Y, no nos engañemos, actualmente todavía seguimos formando parte de él, al condicionarlo, sufrirlo y disfrutarlo.
En toda la cordillera cántabra y astur podemos encontrar fósiles de restos de mamuts y de grandes rumiantes. La jirafa y sus ancestros habían proliferado en toda la península, también elefantes y muchos otros animales que en sus ecosistemas podan los árboles y desbrozan el sotobosque, principalmente en la ribera de los ríos y lagos. Y tal como ahora está pasando en África, la irrupción del ser humano forzó la extinción de esos animales desplazándolos a zonas donde poco a poco se fueron extinguiendo.

Al contrario de lo que muchos grupos ecologistas piensan, la desaparición del ser humano de algunas zonas no facilitará un aumento de la riqueza en el ecosistema, quizá si al principio y muy visualmente, al desaparecer pistas y aumentar considerablemente la vegetación, en el punto de cubrir los ríos y riachuelos hasta hacerlos desaparecer a la vista.
¿Qué podemos conseguir con eso?
La desaparición del ser humano en el ecosistema de la cordillera, junto al abandono de las pequeñas explotaciones de cultivo y de pastoreo ya está cambiando la relación entre las poblaciones animales y vegetales, así por ejemplo el abandono del cultivo de cereales ha supuesto la casi total desaparición de las perdices o de las liebres. La desaparición de la ganadería caprina está provocando el aumento de las zonas boscosas, con una disminución importantísima de las áreas mixtas de pastos y de matorral; la falta de intervención en los ríos, pérdidas de estacada de riego y el abandono de la poda del bosque de ribera, ha hecho al río mucho más sombrío y con menos materia orgánica, por lo cual la población truchera y la del desmán ibérico han disminuido sustancialmente . Además sus depredadores naturales también han aumentado, como la garza, la nutria y el cormorán. El abandono de la caza de los mustélidos, como la comadreja o el tejón, que hasta hace poco eran muy apreciados por su piel, ha provocado una importante disminución de urogallos, antiguamente tan fáciles de ver para los excursionistas.

En el momento que eliminamos un animal, vegetal o mineral, el equilibrio del ecosistema se rompe y se tambalea. Y si este animal es el que más incidía sobre él, en este caso el ser humano, que con su invasión había desplazado las especies que hacían su misma función, el ecosistema puede entrar en fallida.

Este artículo estaba destinado al lobo asturiano, y lo importante de su defensa; sin embargo, a medida que avanzábamos en su estudio, hemos descubierto que no solo tiene mucho que ver si interacción con el ser humano, con sus pastos, el turismo y la cinegética, sino que tampoco podemos centrarnos en una sola región, La situación y supervivencia del lobo en Asturias tiene mucho que ver con la de Zamora, de Galicia o de Cantabria.

De un tiempo a esta parte estamos viviendo una brutal ofensiva contra el lobo, que curiosamente se centra en los lugares donde menos afectación tiene. Si nos centramos en Asturias y estudiamos el mapa del lobo en esta región, descubrimos que, excepto en algunos lugares muy concretos y especialmente abruptos, el número de lobos por zonas es muy reducido; sin embargo, su afectación es severa o parece serlo, quizá por la falta de ayudas o el excesivo celo de la administración, que apenas cubre los posibles destrozos que causa, y cuando lo hace es tarde y mal
El lobo es como cualquier otro animal, para su desarrollo y su salud necesita viajar y cruzarse genéticamente con otras familias, es decir evitar la consanguinidad. Por eso cuando en toda una comarca contabilizamos dos o tres lobos no es ninguna buena noticia, esos lobos no tienen ningún aliciente por abandonarla y, por tanto, de cruzarse con otros de su especie. El lobo puede llegar a vivir quince años con cierta comodidad, sin embargo, actualmente es difícil encontrar animales adultos de más de cinco años, siendo los más comunes de tres años. Es evidente que con esta corta edad es muy difícil que un lobo se desplace más allá de su territorio de nacimiento. Mantener sus hábitos de caza también es muy importante. El lobo, como cualquier otro animal, tiende a buscar su alimento con el menor riesgo posible, y, por supuesto, cazar una oveja en un cercado lleno de ellas, es mucho menos arriesgado que enfrentarse a una familia de jabalíes o correr tras una cabra montesa. El lobo necesita cazar, no cosechar, que es lo que hace en los cercados, por lo cual, el ganadero tiene que guardar sus animales en cercados muy bien construidos y defendidos. Un lobo preferirá arriesgarse en el monte antes que enfrentarse a una sólida y electrificada valla, y a un par de mastines. Y es evidente que el ganadero, principal beneficiario de la presencia del lobo aunque no lo perciba, no tiene por qué asumir el coste.

Los ataques del lobo afectan gravemente a la economía de los ganaderos, sin embargo, si contamos el número de esos ataques en relación a la cantidad de ganado, no podemos tratarlo como un grave problema. La solución no pasa por eliminar un animal tan necesario sino gestionar el problema con diligencia y buena colaboración.
Nadie conoce el número de lobos que hay en España, algunas estimaciones oficiales hablan de entre 2.500 y 3.000 ejemplares. La realidad es bien distinta si calculamos los lobos que anualmente son cazados con respecto a su capacidad reproductiva. Según las estimaciones de algunos profesionales independientes, como Carlos Soria y Marta Cruz Flores, que no cuentan dos o tres veces la misma camada y no las multiplican por siete ejemplares sino cinco, que es la cifra más común, su número no pasaría de los 1.200 animales, eso siendo muy generosos. Para que nos hagamos una idea de la situación del lobo, el pasado año fue exterminada la última manada que quedaba en Euskadi, mientras que en algunas comarcas de Castilla, la administración, junto con los ganaderos, se jactan de haber conseguido “zonas libres de lobo”, como por ejemplo Vitigudino. En otras los naturalistas que intentan censar de manera independiente el número de lobos, como hace poco sucedió en la sierra de Culebra, son amenazados por los guardas con sanciones. El pasado año se contabilizó la muerte por cacería o atropello la asombrosa cantidad de 618 lobos, a los que hay que sumar los que mueren por enfermedad o accidente natural. Por contra, en Italia, donde se empieza a discutir el problema, se calcula que hay entre 1.500 y 2.000 cánidos. Italia es mucho más pequeña que España y está más poblada. La densidad poblacional española es de 92,11 habitantes por Km2, mientras que en Italia es de 201,3. Los lobos prácticamente se encuentran en los Apeninos (entre 1.400 y 1.700), cuya superficie total es parecida a la de Cantabria y Asturias. Sin duda los italianos han sabido gestionar mucho mejor el tema del lobo, desde su administración hasta sus propios ganaderos.

En 1969 el famoso inventor y naturalista James Lovelok, junto con la bióloga Lynn Margulis, explicaban en la Hipótesis de Gaia, que al ser humano solo le quedaban dos caminos si quería sobrevivir, respetar la naturaleza y adaptarse a ella o convertirse en su jardinero; y es evidente que el último es el más caro y difícil, tanto que por su enorme complejidad quizá sea imposible.

No podemos obviar que el ser humano es el gran deconstructor de la realidad de la naturaleza. El ser humano pretende, tras la transformación padecida por su interés, recuperarla en gran medida o preservar lo que todavía no ha sido alterado, sin terminar de aceptar que es imposible. Un paraje sin alterar, prácticamente deshabitado, con verjas y guardas que lo vigilan, no deja de ser un territorio aislado artificialmente. A su alrededor, en parajes necesarios para mantener el equilibrio y la renovación genética de las especies que habitan en el cercado parque natural, el ser humano ha creado su propio ecosistema, quizá satisfactorio para tranquilizar su inquietud, pero que afecta decisivamente al que trata como natural y salvaje.

Peces en peligro de extinción

Del 1953 al 1963 la captura anual de pescados pasó de 23 millones de toneladas a 46, es decir el doble. Actualmente creemos que llega a las 95 millones de toneladas, sin tener en cuenta la pesca a pequeña escala, que debido el crecimiento demográfico en la África, ha aumentado considerablemente.
A pesar del control de los diferentes gobiernos, el Departamento de las Naciones Unidas de Pesca y Acuicultura nos explica que dos especies están a punto de extinguirse, el pescado Globo Chino y el Atún Aleta Azul del Pacífico.

Los hidrocarburos en nuestra vida

Ante todo damos gracias al latín, una de las lenguas más versátiles y clarificadoras que existen, que define muy bien lo que es el petróleo, la unión de la palabra petrus (piedra) y oleus (aceite).

Al petróleo se le considera un combustible fósil, que presumiblemente proviene de la descomposición de material orgánico de millones de años de antigüedad, después de haber quedado prisionero en grandes bolsas en el interior de la corteza terrestre, a veces casi a flor de tierra, mientras que otras a miles de metros de profundidad. Una teoría minoritaria insinúa que el petróleo podría ser de procedencia inorgánica, sin embargo, su estructura química demuestra que proviene de las algas.
Dada la gran variedad que podemos encontrar -en algunos casos puede llegar a contener trescientos componentes diferentes- según su densidad lo dividimos en once grupos. El petróleo también se valora por el nivel de azufre que contiene, siendo el más dulce y valorado el que posee menos del 0,5% de este elemento, que suele ser del que más proporción de gasolinas, y disolventes de pintura y de tinte podemos extraer.

En su primera destilación atmosférica, el petróleo desprende gases, que una vez licuados bajo presión, se comercializan dependiendo su composición: metano, etano, propano y butano, por este orden según el número de átomos de carbono en sus moléculas. El metano solo con uno y cuatro de hidrógeno; el etano forma una cadena de dos, con seis de hidrógeno; el propano tres y ocho de hidrógeno; etc.
A partir de la cuarta cadena de átomos de carbono, hay que añadir temperatura para su destilación. Así para extraer las naftas, que se utilizan como potentes disolventes, y para la pintura, el tinte y otras materias, lo calentaremos a 40°, para así separarlo del resto de derivados; y así sucesivamente, aumentando la temperatura a 70, 100, 130, etc., para, por evaporación, ir separándolos uno por uno.
A medida que se le va añadiendo más temperatura, también vamos extrayendo los derivados más pesados, es decir con más átomos de carbono, que una vez mezclados en una determinada proporción, podremos conseguir la gasolina, el queroseno, el gasóleo, etc. Y también para la elaboración del PET, con el cual se fabrica tejido (poliéster), recubrimientos para metales, envases de todo tipo, piezas industriales de alto rendimiento, etc. incluso muebles o botones.
Finalmente, después de la obtención de todos los derivados que podemos considerar valiosos, nos quedará un importante residuo, altamente contaminante y que tendremos que gestionar: el asfalto.
El asfalto es el hidrocarburo más utilizado de la historia. Los antiguos babilonios ya lo usaban para la construcción.
Hasta que el petróleo no se empezó a explotar como hidrocarburo, el asfalto se extraía de grandes depósitos naturales a flor de tierra. Actualmente sale mucho más barato aprovechar el subproducto casi incómodo de las refinerías, antes que extraerlo de estos yacimientos.
El asfalto se utiliza por pavimentar calles y carreteras, para impermeabilizar terrenos, grandes depósitos de agua y tejados.

Ahora que ya sabemos que el petróleo tiene muchísimas utilidades, muchas más que componentes, puesto que algunos se pueden utilizar para industrias muy diversas, desde la farmacéutica hasta la química, pasando por la alimenticia, de la madera y del transporte, podemos afrontar el problema que podría representar, ya no quedarnos sin él sino eliminar una de sus industrias.
Bien es verdad que la industria, sea por lo que sea, suele adaptarse a las circunstancias, innova con nuevos productos y busca el mejor sistema para vender el que tiene. Uno de los mejores ejemplos son las bolsas de plástico, que hasta hace poco tiempos se fabricaban por miles de millones al día, pero que desde hace unos años su uso y su producción están disminuyendo en el mundo más desarrollado; sin embargo, seguimos consumiendo petróleo, cada año algo más debido a los mercados emergentes. Esto solamente tiene una explicación, la industria que fabrica plástico se ha adaptado y está comercializando otros productos (actualmente todo lo adquirimos envasado de origen). Y es que desde una simple bombilla hasta las olivas que compramos a granel, todo está envasado con PET. Da el mismo que vayamos a comprar con nuestra bolsa plegable para tranquilidad de nuestra conciencia, al llegar a casa descubriremos que hemos consumido más PET que antes. Y lo intentaremos reciclar, preocupados por no estar seguros de si esta multitud de envases son realmente PET, porque nadie nos ha aleccionado sobre esto. Y si por casualidad consiguiéramos eliminar de nuestras vidas el PET, las refinerías se verían en la necesidad de construir grandiosas instalaciones para almacenar y eliminar el derivado petrolífero del cual es originario. El resultado es que el precio del resto de derivados aumentaría en proporción al abandono de la venta de uno de ellos, aparte de añadir el coste de su eliminación, tanto económico como energético.
Para explicar la complejidad de la situación, imaginemos que en las próximas elecciones gana un partido ambientalista, que decide unilateralmente cambiar el asfalto de nuestras carreteras por cemento y residuos de vidrio, con la excusa que se produce aquí, que es más barato y afecta mucho menos el medio ambiente
¿Que hacemos con el asfalto?
Almacenarlo en gigantescas minas abandonadas o eliminarlo a expensas de grandes sumas de dinero y más afectación ecológica.

La protección del medio ambiente en relación al plástico y los residuos petrolíferos:

Uno de los grandes problemas de la industria petroquímica son los gases ácidos, presentes en su mayor parte en los petróleos densos y con mayor contenido de azufre, que son tratados con aminas para aislar los óxidos de azufre y así producir este elemento, de muy poco valor pero altamente contaminante. Sin embargo, para el PET todavía no se ha encontrado una solución satisfactoria.
El PET no es biodegradable, ni siquiera con el tiempo, por lo cual solamente lo podemos degradar artificialmente mediante elevadas temperaturas y abundantes productos químicos, muchas veces también derivados del petróleo. También puede utilizarse como combustible, puesto que al quemar provoca elevadas temperaturas, sin embargo, los gases que produce son muy tóxicos, tanto para el ser humano como el medio ambiente, y de difícil procesamiento. La mejor solución es el reciclado, no tan costoso si lo convertimos en polímeros útiles para la industria.
Actualmente los plásticos se utilizan para infinidad de cosas útiles, desde huesos artificiales hasta fibras de gran conectividad, hormigón, madera artificial, pantallas elásticas, puertas, ventanas y hasta muros; para-choques, alas de avión, barcos, etc. El plástico puede pasar, gracias a la tecnología del reciclaje, de enemigo a amigo, y convertirse en un gran aliado de la naturaleza. Ahora bien, para conseguirlo tenemos que reducir drásticamente el consumo de combustibles fósiles y legislar adecuadamente, para que sea más rentable reciclarlo que producirlo de nuevo.
Además no olvidemos que el mercado es muy inteligente y suele resolver este tipo de problemas. A medida que el mundo utilice menos combustibles fósiles, las diferentes industrias descubrirán nuevos procedimientos industriales. Es decir, otros disolventes y nuevos materiales para suplir el PET.

Para eliminar los últimos residuos de una refinería, incluidos el agua y el suelo contaminados, se utiliza la remediación biológica, que trata de introducir microorganismos o sus enzimas para degradar los hidrocarburos en su última fase, convirtiéndolos en agua, anhídrido carbónico y aminoácidos.
Por desgracia las compañías petroleras, en su afán para obtener beneficios rápidos sin necesidad de grandes inversiones, y por la caída del precio del crudo, abandonan los residuos en los ríos o las tierras que mantienen bajo cesión en los yacimientos difíciles de controlar, casi siempre con el beneplácito de los caciques o gobernadores de la zona.

Los plaguicidas, los herbicidas y las abejas

Un estudio de Greenpeace demuestra como los insecticidas con clorpirifos y tiacloprid, utilizados contra el gusano Capnodis tenebrionis; el acaricida y fungicida buscalida, utilizado contra los ácaros y los hongos de los fruteros de hoja caduca; y los plaguicidas y los herbicidas, están acabando con las abejas, que son absolutamente imprescindibles por el mantenimiento de la polinización y de la cadena alimentaria.
Según Greenpeace, el 67% del polen cosechado por las abejas está contaminado, siendo España uno de los lugares con más contaminación de los estudiados hasta ahora.
Las muestras demuestran que nuestro país es donde se utiliza más la clotianidina, el tiametoxam y el imidacloprid los tres plaguicidas más tóxicos, a pesar de que están prohibidos desde el 2013 por la Unión Europea.
Por otro lado, los herbicidas comercializados por las compañeras Bayern, Syngenta y Basf, son los que más daño hacen a las abejas. Curiosamente la compañía Bayern ha emitido un informe que asegura que sus herbicidas no les hacen ningún mal, cuando Greenpeace ha demostrado que sí.