Contaminación y Covid-19 ¿Necesitamos más avisos?

Imagen de David Roumanet en Pixabay

En marzo del pasado año, el European Herat Journal, dependiente de la Universidad de Oxford, actualizó la cifra anual de muertes prematuras estimadas por contaminación del aire en el mundo. Según los nuevos y más afinados sistemas de medición, la cantidad de seres humanos muertos por la mala calidad del aire que respiramos pasa de los 4,5 millones anuales a casi 8,8 millones, casi 800.000 en Europa continental. Particularmente nocivas son las partículas en suspensión de menos de 2,5 micras (PM 2,5) -100 veces más delgadas que el grosor de un cabello humano- para que se den una idea, la micra es igual a una milésima parte de un milímetro, y de origen antropogénico en casi todos los casos, es decir producido exclusivamente por los seres humanos.

Para analizar los efectos de estas partículas en suspensión sobre la salud animal, lo que incluye a la humana, hay que distinguir entre las PM 10 (de menos de 10 micras), que pueden tener un origen natural, y las PM 2,5, cuyo origen son las emisiones humanas, principalmente de los motores diésel. Las PM 2,5 son más ligeras y permanecen en al aire más tiempo que las anteriores, causando o, cuanto menos, exacerbando varias enfermedades respiratorias, como la neumonía, la bronquitis, el asma, las alergias y las dolencias cardiovasculares.
Teniendo en cuenta que la contaminación, principalmente la de los grandes núcleos urbanos, causa millones de muertes en todo el mundo, y desencadena o empeora enfermedades de tipo respiratorio y cardiovascular… ¿Es un factor de riesgo añadido la actual pandemia ocasionada por el COVID-19, que también provoca efectos respiratorios y cardiovasculares graves en una parte de la población?
A tenor de varios estudios sobre el tema llevados a cabo durante esta pandemia, parece ser que sí es cierto, pero con matices.

Un estudio liderado por el estudiante doctoral Marco Travaglio y sus compañeros de la Universidad de Cambridge superpuso los niveles de dióxido de nitrógeno (NO2) y óxido de nitrógeno (NO) de más de 120 estaciones de monitoreo en Inglaterra, con las cifras sobre infecciones y muertes por coronavirus; hallando un vínculo entre la mala calidad del aire y la letalidad de COVID-19 en esas áreas. Travaglio afirmó necesitar un trabajo posterior para mostrar la causa concreta de esta correlación, pero aseguró que las condiciones de salud que causa la contaminación del aire son notablemente similares a las que aumentan la vulnerabilidad a este coronavirus.

Un trabajo similar del doctor Yaron Ogen, de la Universidad Martin Luther Halle-Wittenberg de Alemania, mapeó los niveles de NO2 en el aire y las muertes por COVID-19 a nivel regional en Italia, España, Francia y Alemania; encontrando que la exposición a largo plazo a la contaminación del aire “podría ser un contribuyente importante” a las altas tasas de mortalidad.

Otro equipo, dirigido por el doctor en Química especializado en ciencias del medioambiente, Dario Caro, de la Universidad de Aarhus en Dinamarca, analizó la correlación entre la contaminación del aire y las infecciones y muertes por coronavirus en el norte de Italia. Su equipo descubrió que las personas que viven en áreas con aire más contaminado tenían un mayor nivel de células inflamatorias de citoquinas, lo que las hacía más vulnerables al virus.

Otro estudio, más completo que los anteriores, realizado por el estudiante doctoral Xiao Wu y la profesora asistente Rachel C. Nethery, junto a la profesora de Bioestadística Francesca Dominici y otros compañeros también de la Universidad de Harvard, descubrió que pequeños aumentos en la exposición a niveles a largo plazo de partículas pequeñas en suspensión, se relacionan con un gran salto en la tasa de mortalidad por COVID-19. Cada microgramo adicional de partículas finas por metro cúbico al que las personas estuvieron expuestas a largo plazo se relacionó con un aumento del 8% en la tasa de mortalidad.
En este estudio se analizaron muertes por COVID-19 de más de 3.000 condados en los Estados Unidos (que representan el 98% de la población) hasta el 22 de abril de 2020, en la Universidad Johns Hopkins Centro de Ciencia de Sistemas e Ingeniería del Centro de Recursos para el Coronavirus.
Encontraron que un aumento de solo 1 μg /m3 de PM2,5 se asocia con un aumento del 8% en la tasa de mortalidad por COVID-19, con un intervalo de confianza del 95%, y una variabilidad positiva del 2% y negativa del 15%. Los resultados fueron estadísticamente significativos y sólidos para los análisis secundarios y de sensibilidad. Para que nuestros lectores se hagan una idea de las magnitudes de las que hablamos, un μg (microgramo) es la millonésima parte de un gramo. Es decir, un pequeño aumento en la exposición a largo plazo a PM2,5 conduce a un gran aumento en la tasa de mortalidad por COVID-19.

A pesar de las limitaciones inherentes del diseño del estudio ecológico, los resultados subrayan la importancia de seguir haciendo cumplir las regulaciones de contaminación del aire existentes para proteger la salud humana durante y después de la crisis del COVID-19. Los datos y el código de este estudio están disponibles públicamente, por lo que los análisis se pueden actualizar de forma rutinaria.
Y no solo eso, sino que también nos hace pensar que la disminución de la letalidad observada a principios de mayo, no sea por un supuesto e hipotético debilitamiento del virus, negado por los principales virólogos, o la disminución de la poco significativa carga viral de los nuevos contagiados, sino por la brutal caída de la contaminación en las principales ciudades y centros fabriles, cuyo retorno puede provocar un nuevo aumento de casos graves, con necesidad de ingresos y respiradores.

Aunque harán falta estudios a más largo plazo para caracterizar este aumento de la mortalidad por COVID-19 ocasionada por la contaminación del aire, y para depurar aún más los factores potenciales de variabilidad en el análisis, parece claro que debemos reducir drásticamente y en el menor tiempo posible nuestras emisiones de partículas en suspensión, no sólo para tratar de revertir los efectos más nocivos del calentamiento global antropogénico que sufrimos, sino también para mejorar de forma inmediata la salud a nivel mundial y paliar los efectos de la actual pandemia de coronavirus, y los de otras pandemias que sin duda nos podrían asolar en el futuro.

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