El plástico y el ser humano

Imagen de RitaE, extraída de Pixabay

En los años sesenta, mucho más a principios de los setenta, empezó a despertar la conciencia contra el uso indiscriminado del plástico, principalmente en los EEUU. En este país el choque cultural y generacional llegó un poco antes que en el resto de las sociedades occidentales. La alta burguesía consideraba el plástico como el material del futuro, en el que la sociedad industrial y consumista debía confiar. Para ella el plástico tenía que convertirse en una herramienta exclusivamente para enriquecerse. Sin embargo, para la juventud más transgresora, la contraria a la guerra del Vietnam, donde se podía encontrar los primeros ecologistas de la mano del movimiento hippie, el plástico era el enemigo a combatir, un material extraño al planeta, que ya por entonces le acusaban de ser cancerígeno.
Cincuenta años más tarde, quizá más, después de la primera revolución tecnológica, en parte seguramente gracias al mismo plástico, y en plena revolución digital, de las comunicaciones y del comercio global, el plástico se ha convertido en el dilema más importante del ser humano.

El plástico se ha convertido en el problema más grave, después de la guerra, para la supervivencia del ser humano. Podemos calentar el planeta y sobrevivir cambiando los hábitos de consumo, incluso reducir nuestro número a causa de la previsible inundación de grandes extensiones de tierra; pero no podremos sobrevivir con la tierra y el mar completamente infectados de partículas de plástico. Entonces ya no valdrá reducir las cosechas o pescar menos, sino simplemente no cosechar ni pescar. Actualmente no existe un rincón del planeta, por deshabitado que esté o salvaje que sea, sin un pedazo de plástico, sea restos de tuberías, de bolsas o de neumáticos. En medio del desierto, en el Ártico o el Antártico, en el Himalaya o los Andes, podemos encontrar restos de plástico.
¿Cómo ha llegado?
El viento, las mareas o los mismos seres humanos. Los pájaros fabrican sus nidos con pedazos de plástico, los peces mueren tras haberlo ingerido. El plástico se ha convertido en el cáncer que Norman Mailer, escritor y activista, vaticinó hace más de cincuenta años, en aquellos años sesenta. 

Por desgracia estamos muy lejos de dejar de consumir petróleo. Actualmente se están descubriendo y abriendo nuevos yacimientos cada año, y si no se abren más es por la falta de consumo. Cada día se extraen más de 70 millones de barriles, y no olvidemos que el 6% de este crudo termina convertido en plástico. Cerca del 80% del petróleo se consume en el transporte, en las calefacciones o produciendo electricidad; el resto sirve para la industria, sea en forma de gas, pinturas, cosméticos, asfaltos o plásticos. Sin embargo, solo este 6% preocupa de manera importante al ser humano. El resto sigue siendo un grave problema que puede afectar nuestra supervivencia, pero no se ve ni se come sin pretenderlo. Si no hacemos nada, pronto la tierra que cultivamos estará infestada de partículas de plástico, y el mar será inhabitable para los peces, los que comemos y los que no.

La alta burguesía norteamericana de los sesenta no andaba muy desencaminada, aunque seguramente no en el sentido que se había prometido. El plástico se ha convertido en la herramienta más perfecta para envasar y transportar los alimentos, además de los cientos de artículos que las personas consumimos anualmente. La Organización de Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), asegura que en Europa, gracias a la utilización de envases, sólo se desperdicia un 3% de los alimentos, mientras que en los países en desarrollo, dónde el uso de envases es prácticamente inexistente, se desperdicia el 40% de los alimentos. Obviamente la FAO no ha tenido en cuenta el uso de frigoríficos en los países desarrollados, difíciles de encontrar en una aldea africana, india o incluso en el interior de gran parte de Sudamérica. Sin embargo, es lógico suponer que los alimentos se conservan mejor bien envasados que a merced del aire.

Los ecologistas solemos quejarnos de la cantidad de envases de plástico que necesita un artículo hasta llegar a nuestro consumo. Un bombón no necesita ir envuelto seis veces en plástico, con una o dos es suficiente. La caja puede ser de sencillo cartón reciclado, el envoltorio del bombón y su soporte, de papel. Reclamamos, por tanto, un uso más inteligente del envasado y un esfuerzo para sensibilizar a la ciudadanía sobre la importancia de la reutilización, el consumo y el reciclaje.
Pero no debemos olvidar que el plástico es uno de los materiales con más estabilidad molecular, se necesita poca energía para su fabricación y moldeado, se tinta con facilidad y mucha definición, puede ser opaco o transparente, su baja densidad y elevada resistencia le permite infinidad de usos. En el transporte, por tanto, ahorra energía y facilita el comercio internacional. Dependiendo los compuestos añadidos puede ser duro o flexible, y en principio es absolutamente impermeable; se puede moldear con todas las formas imaginables y es sumamente barato; es muy poco conductor de la electricidad, cosa que lo convierte en el mejor aislante. Es, con mucho, el mejor material para fabricar tejidos, desde los industriales de alta resistencia, hasta los más suaves para cubrir el cuerpo humano, con infinidad de texturas que imitan los típicos materiales naturales. Puede decirse que gracias al plástico, todos los seres humanos pueden vestirse sin necesidad de destruir la naturaleza.
Sin embargo, tampoco podemos olvidar los problemas subyacentes a su uso y fabricación. Es obvio que no podemos convertir nuestros océanos, montes o minas, en vertederos de plástico, todavía menos si hablamos de un material que puede reutilizarse muchas veces. Sería ridículo, y de hecho lo es, lanzar al mar un producto que lo envenena, mientras se le podría dar otra utilidad.
El plástico, como el papel, tiene un límite de reciclado, que según los fabricantes es de 4 o 5 veces. Después hay que eliminarlo. Y no olvidemos que, aunque sólido, no deja de ser un combustible, de modo que la mejor manera de acabar con él es utilizándolo para generar energía.
Actualmente se ha trabajado para darle usos mucho más duraderos, como la fabricación de muebles, barcos y hasta viviendas. Uno de los más polémicos es el de las carreteras, olvidando que este plástico terminará dispersado en la naturaleza convertido en microscópicos polímeros, infectando la tierra y los animales.
En cualquier caso utilizar otros productos para suplir el plástico, sin contar el exceso de peso en el transporte, comportaría un elevado aumento del consumo energético, que actualmente no podemos valorar (ninguna fuente coincide). Indudablemente eso nos hace pensar que el plástico no es el problema sino los seres humanos, que tenemos que cambiar la manera de ver este material, olvidar que es un enemigo de la naturaleza sino un aliado, siempre y cuando sepamos gestionarlo.

Para un químico convertir la mayoría de plásticos en energía es lo mismo que hacerlo con cualquier otro combustible extraído del petróleo. La diferencia en este caso es simplemente mecánica, es decir preparar las centrales para quemar plástico en cambio de carbón.
Según Cicloplast, en España solo se recicla el 21% del plástico, una cifra completamente ridícula si tenemos en cuenta su consumo. Del poco que se recicla el 26% se convierte en tuberías, el 22% en láminas para la posterior venta a productores de envases, cubiertas, etc; el 14% se destina para la fabricación de piezas (motores, frigoríficos, automóviles, etc); el 19% para perchas, bolsos, etc; el 14% se utiliza como combustible en las centrales térmicas. Del resto, un 65%, termina en el vertedero, que es lo mismo que decir enterrado una parte y dispersado por la naturaleza otra. Estas cifras no contemplan la ingente cantidad que marineros, pescadores, agricultores o cualquier persona sin un mínimo de empatía hacia la naturaleza, abandona por la calle, el campo o el mar.

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