Reus, donde la naturaleza es mobiliario urbano

Plaça de la Sang

(Esta publicación ha sido escrita por Antonio Blasco, de Pirates Verds, para Reusdigital.cat)

Al revisar la historia vemos que el papel de la naturaleza en el entorno urbano ha ido cambiando con el paso del tiempo. Las ciudades mediterráneas crecieron dentro de las murallas, donde los ciudadanos se refugiaban y tenían casi todo el que necesitaban. A medida que la población creció, los nuevos barrios desplazaron los huertos fuera de las murallas, dejando en muchos casos los cementerios como única «zona verde» en un entorno de callejones estrechos y con poca luz.

A finales del XIX se produjo un gran cambio, cuando empujadas por la industrialización y las migraciones que esta ocasionó, las ciudades superan las murallas, que en muchos casos se derrocan, y se abren a huertos y bosques. Las autoridades sanitarias de la época recomendaban espacios abiertos y naturales, luz y sol, y los ensanches son el reflejo de este nuevo urbanismo. Calles mucho más anchas, arbolados, avenidas que conectan la ciudad y el campo. La historia de las ciudades en el primer tercio del siglo XX es de la apertura de las ciudades a la naturaleza.

En nuestro país este proceso se frena con la guerra civil, un conflicto que lo arruina hasta el punto que la planificación urbanística desaparece, con una población y unas administraciones abocadas a resolver el día a día. La tendencia se agrava con las migraciones de los años 50 y 60. El incremento de población se acumula en ciertas zonas, construyendo nuevos barrios donde la preocupación por el medio ambiente es inexistente. Hay casos de planificación, como el Barrio Fortuny, donde los edificios se construyen respetando calles arboladas y se diseñan jardines comunitarios, pero otros son construidos sin orden, repitiendo de alguna manera la estructura anárquica de las ciudades medievales, con la única diferencia que las calles son más anchas para permitir el paso de automóviles. Las plazas cuando las hay son plazas duras, baratas de hacer y de mantener.

En las últimas décadas, no obstante, se hace evidente que el destino de las ciudades es crecer, y que no lo pueden hacer dejando fuera la naturaleza como se hizo en épocas pretéritas. Las cátedras y publicaciones de urbanismo han priorizado la sostenibilidad en la mayoría de sus estudios, mientras que diferentes publicaciones médicas han ido analizando la relación entre urbanismo y salud. Por ejemplo, un estudio de 2015, realizado en Londres, describe la correlación entre la distancia entre los árboles a la calle y el número de depresiones diagnosticadas en la zona. Otro analiza la relación entre déficit de atención y rendimiento escolar con respecto a la superficie de las zonas verdes en el barrio. Un tercero se fija en la correlación entre superficie arbolada, renta per cápita y enfermedades cardiovasculares. Podríamos ir añadiendo ejemplos, pero creo que ya queda claro la importancia del diseño de las ciudades en relación a los espacios naturales.

Es por eso que las ciudades, cada vez más, incorporan jardines verticales y tejados ajardinados, y aprovechan las reformas realizadas (especialmente en los centros de las ciudades, donde tradicionalmente la vegetación es más escasa) para ir introducido espacios de natura urbana. Es un proceso general, tanto en ciudades pequeñas como medias, y es en el marco de este proceso general que hay que analizar las intervenciones que se han producido en nuestra ciudad. Pensando en las actuaciones urbanísticas ejecutadas recientemente, podemos analizar cuál es la visión que Reus y sus gestores tienen de las necesidades de los reusenses en esta área. Observamos, por ejemplo, la última, la plaza de la Sangre. El resultado de la intervención ha sido otra vez una plaza dura. Se ha perdido la oportunidad de vestir de verde este entorno. La vegetación introducida se ha limitado a unas macetas de grandes dimensiones, con unas plantas exiguas que delimitan el espacio de los peatones y de los vehículos. En su lugar se podría haber instalado pilones o bancos peatonales, porque la función de la vegetación es simplemente decorativa, utilitarista. La plaza quedará vacía en verano porque los exiguos árboles no darán suficiente sombra, por lo que nadie podrá disfrutarlos. La superficie emitirá tanto calor que los vecinos tendrán que echar mano de la climatización. La posibilidad de incrementar la biodiversidad en la ciudad se ha desvanecido. Tenemos que decir, sin embargo, que esta carencia de preocupación por la sostenibilidad real de la ciudad no es exclusiva del consistorio actual. En la reforma de la plaza del Baluarte del año 2004 se creó un espacio muy parecido.

Los tenderos quieren que los turistas vengan de Salou a comprar, pero de la estación de autobuses al centro, ¿cuántas zonas sombreadas hay? Se diseñan carriles bici o rutas a pie, ¿pero quién se atreve en verano? Solo nos queda la esperanza de que los futuros gobiernos de la ciudad tengan una mayor sensibilidad en este campo. De todos modos, en el debate celebrado en el Centro de Lectura sobre el urbanismo de Reus, ningún partido habló de zonas verdes.

No pinta nada bien.

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